GIRONA

Crónica de un joven argentino en el otoño caliente catalán

La sentencia contra los líderes soberanistas, que se dio a conocer el lunes 14 de octubre, cambió radicalmente el panorama catalán. El relato de un joven que nunca imaginó que sus estudios lo llevarían a Girona y a presenciar estos acontecimientos que recorrieron el mundo.

Viernes 25 de octubre | 08:16

Como es ya sabido, el 1º de octubre del 2017 se llevó a cabo un referéndum por la autodeterminación de Cataluña, acompañado de manifestaciones multitudinarias y pacíficas en toda la región. Pero los dirigentes de ese “proceso” independentista fueron encarcelados en prisión preventiva por dos años. Todo parecía indicar que el pueblo catalán cargaba aquel golpe del Estado español como una derrota que pesaba sobre sus hombros. Pero la sentencia que se dio a conocer el pasado lunes 14 de octubre, con condenas de hasta 13 de años de cárcel contra los líderes independentistas, cambió radicalmente el panorama. Así lo viví en Girona, la ciudad más importante de Cataluña, después de Barcelona.

En octubre del 2017, cuando centenares de miles se movilizaban en Cataluña, me encontraba en Francia, con una beca de estudio. Los catalanes residentes en París habían organizado una manifestación frente a la Torre Eiffel. Eran apenas medio centenar de personas repudiando la represión por parte del Estado Español. Estuve allí sin imaginar que mis estudios me llevarían a Girona y que iba a terminar presenciando los acontecimientos actuales.

Foto: O Phil des Contrastes

Aires de independencia, descontento y bronca

Lo primero que un extranjero advierte al caminar por las calles de Girona es la cantidad de banderas esteladas, lazos amarillos y pancartas que demandan la libertad de los presos políticos que cuelgan de los balcones. Se respira aires de independencia, descontento y bronca. Si en 2017, los líderes soberanistas repetían una y mil veces las palabras “democracia” y “pacifismo” que le dieron su impronta a las acciones pasadas, hoy, con la brutal condena a las y los dirigentes, la conclusión de muchos jóvenes es que aquellas palabras no sirvieron de nada.

Hasta el 1º de octubre de este año, cuando miles de habitantes de Girona salieron a la calle con antorchas hacia la Plaça de la Constitució, donde se cantó el himno de Cataluña, nada hacía prever lo que sucedería pocos días más tarde. Ese himno, de 1899, se inspira en la guerra de los segadores de entre 1640 y 1652, cuando los campesinos se sublevaron contra los abusos del ejército de Felipe IV, rey de España.

Oír a los catalanes cantar Els Segadors es de una belleza muy particular, porque es el himno de una población que fue oprimida por siglos, que quiere independizarse y decidir libremente constituirse en república. No se canta ni con la mano en el corazón, ni con las manos a los costados, ni con las manos tomándose por detrás: se canta con el puño en alto. Las palabras pronunciadas de forma larga y pausada, con una melodía que oscila entre el dolor y el optimismo, le agregan una fuerza emocional que solo pueden dejar inconmovibles a los derechistas de VOX. Un compañero del trabajo me contaba que sus abuelos tenían prohibido hablar su propio idioma en las calles. Durante el franquismo, hasta hablar catalán en lugares públicos era un riesgo.

Y el lunes 14, los catalanes amanecieron con la noticia de que los presos políticos habían recibido una sentencia de entre 9 y 13 años de cárcel. El descontento fue instantáneo y masivo. Cuando llegué a la Universidad, todos estaban totalmente conmocionados y, al mediodía, ya no quedaba nadie. Todas y todos salieron a las calles. Esa misma noche se hizo una marcha ordenada por el hermoso centro histórico de Girona.

Girona, 1 de Octubre

Humo de barricadas se ve por la ventana

Pero el martes, la cosa cambió: se cortaron vías de tren y autopistas a la mañana y, a la noche, nuevamente una manifestación multitudinaria en el centro de la ciudad. Llegué cuando comenzaba la represión, de los mossos d’Esquadra, la propia policía catalana, la que hasta hace dos años, era recibida por la población como “nuestra policía”.

Girona, martes 15 de Octubre

Un grupo arrastró los contenedores de basura hasta el medio de la calle para cubrirse de las balas de goma. La juventud se quedó resistiendo por más de una hora. Luego, la mayoría de los manifestantes se dirigió a la plaza que los mossos cerraban y de la que no había demasiada escapatoria si se producía una estampida. Un grupo numeroso se puso en la primera línea, pero sentándose en el suelo y pidiendo que todos hiciéramos lo mismo. La mayoría no hizo caso. Incluso hubo discusiones entre los mismos manifestantes. Algo cambiaba velozmente.

Las jornadas que siguieron así lo demostraron. Todas las noches, desde el martes hasta el viernes, hubo huelgas, movilizaciones y represión en Girona. Desde cualquier punto de la ciudad se podía ver el humo negro de los contenedores que ardían. Se disparaban más balas de goma, pero también se organizaban más barricadas. La gente ya no discutía entre ella.

Girona, miércoles 16 de Octubre

“Mossega la llimona!”

El viernes 18 fue la huelga general. Muchos decidimos ir a Barcelona con las marchas por la libertad, que salían desde distintas ciudades de Cataluña para confluir en la capital. Con el grupo con el que fuimos decidimos organizarnos lo más posible. Lo básico: documento, zapatillas, pañuelos para taparse la nariz y la boca, limón por si la policía volvía a tirar gas lacrimógeno. Siempre juntos, a todos lados.

Caminamos unas 4 horas, marchando junto a miles de catalanes, parando en los puestos que nos proveían gratuitamente de galletitas y agua. Todo muy tranquilo. Pero al anochecer, a unos 700 metros de donde estábamos con mis amigos, se podía ver el fuego y escuchar los balazos de goma. Era mucha gente. Se podían ver cada vez más grupos de jóvenes independentistas dispuestos a resistir la represión policial, aun cuando el enfrentamiento con las propias fuerzas represivas no es algo a lo que los catalanes estén acostumbrados. El primer ahogado por gas que pasó al lado nuestro fue convidado con uno de nuestros limones. Rápidamente paró de toser y nos agradeció. Algunos de mis acompañantes descubrían así el alivio que producía la alcalinidad del limón, con asombro.

Foto: Economía Digital, Barcelona, 18 de Octubre

Al rato nos vimos haciendo de enfermeros improvisados: de un lado a otro, cada uno con su limón mordido. Con mis limitados conocimientos de la lengua catalana, animaba a los ahogados: “Mossega la llimona!”. Prescribía mi receta casera a nuestros combativos pacientes ardidos por los gases, que intentaban respirar con desesperación, mientras tosían. La reacción era más o menos la misma: miraban con desconfianza ese limón mordido ya por otras personas, pero a la segunda “mossega, mossega!”, lo hacían. Un instante después, nos agradecían sorprendidos.

Luego de unas dos horas de gases lacrimógenos, el humo desapareció. Los proyectiles del gas lacrimógeno seguían volando por los aires, pero los manifestantes habían aprendido a apagarlos rápidamente. La policía nacional y la policía catalana usaron porras, balas de goma, gases lacrimógenos, camiones hidrantes; pero aún así la juventud catalana no abandonó las calles. Se levantaron barricadas por todo el centro de Barcelona.

"Nos enseñaron que ser pacíficos no sirve de nada", Barcelona, viernes 18 de Octubre

En pocos días, son miles de catalanas y catalanes sacando conclusiones apresuradas a fuerza de heridos y detenidos, de traiciones y abandonos por parte de quienes creían que deberían estar de su lado.

La lucha de clases ¿llegó para quedarse en Cataluña? El tiempo lo dirá. “Els carrers seran sempre nostres” (“las calles serán siempre nuestras”), se gritó una y otra vez. Y quedará retumbando por siempre en mi memoria.






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