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“Antidisturbios”, realidad y ficción de la represión estatal

Esta semana la plataforma Movistar+ ha estrenado su nueva serie “Antidisturbios” causando verdaderos disturbios en las redes sociales. Te traemos algunas claves de la serie que ha puesto en el punto de mira, una vez más, el debate sobre la violencia policial.

Irene Olano

Madrid

Martes 27 de octubre | 18:37

La serie comienza presentándonos a un comando de policías antidisturbios en Madrid que tratan de ejecutar un desahucio en Lavapiés, contra la voluntad de los vecinos y de una plataforma anti desahucios. Pero todo se tuerce y se inicia una investigación en el seno de la Policía Nacional para depurar responsabilidades.

Para algunos espectadores, la trama de ficción probablemente empiece en el mismo momento en que empieza la serie. Los antidisturbios se encuentran en clara inferioridad numérica y comienzan veinte angustiosos minutos en que van sacando una a una a las personas de la casa del cuello y los brazos, ante las lágrimas de desesperación de la familia desahuciada y amenazando al resto de vecinos para que no intervengan en la operación.

Sin embargo, para cualquier persona que haya intervenido en un desahucio, esos veinte larguísimos minutos no son una ficción, ni un relato fantasioso. Forman parte de la violenta realidad de este proceso, que ha expulsado de su hogar a 170.000 personas en el Estado Español desde 2008. La verdadera historia de ficción empieza cuando, por una vez, comienza la investigación policial ante las sospechas de violencia desmedida de los agentes. Y es ficción porque lo que tendemos a ver es que las instituciones cubren sistemáticamente los casos de violencia policial más mediáticos, como ocurrió el 24 de abril de 2018, cuando tan solo unas semanas después de la muerte del mantero Mame Mbaye tras una brutal persecución policial, numerosos medios de comunicación reportaron que se trató de una parada cardiorrespiratoria mientras daba un paseo por el barrio.

La desesperación que siente el espectador ante la brutal escena que está viendo resulta dolorosamente familiar para quienes han tenido la desgracia de encontrarse demasiado cerca de un antidisturbios. No existe diálogo con la mediación que trata de evitar el desahucio, la identificación de los agentes es casi imposible de ver durante el proceso y actúan como si tuvieran total impunidad. El jefe de esta ficticia operación insta a los agentes a actuar de esta forma: “Tú le pones un poquito de chulería a todo lo que haces, y así es más fácil”.

Numerosos sindicatos y organismos afines a la policía han protestado estos días ante la imagen que, según ellos, se desprende de este cuerpo policial en la serie. Imagen que incluye un cuadro de violencia machista sistemático en los agentes, casos de drogadicción entre ellos y un sádico interés por la violencia (“Para hacer paté los dejamos”, refiriéndose a unos ultras tras un partido de fútbol). Pero estas circunstancias, muy presentes en la serie, ponen el foco en el carácter y manera de actuar individual de los agentes y eluden una cuestión principal: los seis sujetos podrían ser unos verdaderos ángeles en su vida personal y seguir formando parte de una institución fundamental del estado capitalista que está específicamente destinada a la represión violenta de la clase trabajadora y de cualquier persona que proteste ante este sistema de mierda que nos condena a la precariedad y a la muerte, tal y como ha quedado perfectamente reflejado durante la pandemia.

La policía, como estamos cansadas de ver en casos como la brutal paliza que le propinó un policía a una mujer embarazada, funciona como una organización criminal armada, y los antidisturbios como su ala más ultra, destinada específicamente a aplicar violencia sistemática contra todas aquellas que se oponen a este régimen monárquico y capitalista, que cada vez tiene menos que ofrecernos.

Esta visión se distancia mucho de la que se empeña en producir la serie, que presenta, por ejemplo, una falsa equidistancia en el cuerpo cuando los agentes van a cubrir una manifestación filofascista en Colón y una anciana les grita “rojos de mierda”, frase que se utiliza para simbolizar que los pobres agentes reciben insultos de todas las ideologías. Pero, como hemos visto durante las manifestaciones de Salamanca contra el confinamiento y las vallecanas en que se pedía más sanitarios, la policía está muy lejos de ser ideológicamente neutral. En la serie también se les exculpa por el uso de la violencia cuando se descubre que, tras el interés por efectuar el desahucio podría haber motivos políticos y se señala que “se va a inculpar a seis antidisturbios que no tienen la culpa de nada”, pese a que emprendieron a porrazos contra civiles desarmados.

En la línea de señalar precisamente lo contrario -que la policía como institución está al servicio de una ideología muy concreta- la serie también insinúa la relación entre la policía y la organización neonazi madrileña Hogar Social Madrid.

Como no podía ser de otra forma (y esto no es spoiler), en la última misión que sale en pantalla, los agentes se suben al barco de Piolín para ir a reprimir catalanes durante el referéndum de 2017. Otro ejemplo perfecto del verdadero propósito de las fuerzas de seguridad del Estado.






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