Internacional

CONFERENCIA LATINOAMERICANA Y DE LOS ESTADOS UNIDOS

Christian Castillo: "El desafío es construir partidos revolucionarios y la IV Internacional"

En la apertura de la sesión final de la Conferencia Latinoamericana y de los Estados Unidos hizo uso de la palabra por el PTS de Argentina (FT-CI) Christian Castillo.

Sábado 1ro de agosto | 22:10

Conferencia virtual latinoamericana y de EE. UU - Christian Castillo PTS - FT-CI - YouTube

Compañeras y compañeros, quiero en primer lugar dar un saludo fraternal a todas las delegaciones presentes tanto de parte de mi partido el PTS como del conjunto de las organizaciones de América y Europa que conformamos la Fracción Trotskista – Cuarta Internacional. Con ellos impulsamos la Red Internacional La Izquierda Diario, presente en 14 países en 7 idiomas diferentes, y que ha llegado en conjunto a 13 millones de entradas mensuales. Son periódicos de combate de nuestra militancia que interviene en la lucha de clases defendiendo un programa transicional y una estrategia revolucionaria socialista, y que han mostrado su papel en cada hecho relevante de la lucha de clases.

Queremos partir de reivindicar los documentos de convocatoria a esta Conferencia. En primer lugar porque establecen una clara delimitación política y programática con los diferentes agrupamientos de la burguesía en la región, desde el proimperialista Grupo de Lima, conformado para apoyar la agresión imperialista en Venezuela, hasta el Grupo Puebla, una versión desflecada y más a la derecha del Foro de San Pablo, un agrupamiento que hoy todos criticamos pero que en su fundación junto a corrientes nacionalistas, centroizquierdistas y stalinistas integraron el Viejo MAS y también los compañeros del PO, que fueron parte entre 1990 y 1995, cuando también lo integraba el Frente Grande de Chacho Álvarez. A la colaboración de clases que expresaba y sigue expresando aquél Foro fundado hace 30 años, tenemos que oponer la lucha consecuente por la independencia de clases que defendemos en esta conferencia.

La convocatoria plantea diez ejes programáticos que incluyen demandas transicionales fundamentales para que la clase obrera irrumpa en la escena política e imponga que la crisis la paguen los capitalistas. Estos puntos y definiciones programáticas progresivas son un marco para el desarrollo de los debates que estamos haciendo en esta Conferencia. Porque no se trata de “unir a los revolucionarios” en general sino sobre qué bases programáticas y estratégicas se realiza la unidad. Por eso nuestro planteo de editar en común un boletín para continuar estos debates, que va junto con las propuestas de intervención y campañas de acción comunes que vamos a votar.

Como aquí se ha dicho, la rebelión en los Estados Unidos anticipa lo que se viene e impacta sobre todo el continente. En todo el mundo, los gobiernos y las patronales están descargando la crisis sobre los hombros del pueblo trabajador, creando decenas de millones de nuevos desempleados, bajando los salarios y precarizando todavía más el empleo y la vida toda. Del otro lado, los multimillonarios han incrementado obscenamente sus fortunas. En América Latina y el Caribe los 73 más ricos vieron crecer sus fortunas desde marzo de este año en 48.200 millones de dólares. La contradicción capitalista ya señalada por Marx de la concentración de la riqueza en un polo y la miseria en otro se muestra con toda su crudeza en crisis como la que estamos atravesando. Ante esto el progresismo mundial se ilusiona con que la crisis signifique una vuelta al intervencionismo estatal en la economía, en retroceso durante el neoliberalismo. Ya la idea del estado como órgano capaz de superar las contradicciones sociales estaba presente en Hegel (anticipando el llamado “estado de bienestar”), como visión distinta a la concepción del estado como “vigilante nocturno” pregonada por el pensamiento liberal. Esta concepción de Hegel fue oportunamente criticada por el joven Marx en la Crítica a la Filosofía del Derecho.

En su último libro “Capitalismo e Ideología”, de 1.400 páginas, la nueva biblia del progresismo mundial, Thomas Picketty muestra cómo durante todo el neoliberalismo creció brutalmente la desigualdad social en todo el mundo, volviendo a los niveles previos a la primera guerra mundial. Ante esta clara expresión de una verdadera guerra del capital contra el trabajo desarrollada en las últimas décadas, se ilusiona con un limitado redistribucionismo de la renta y la riqueza a partir de impuestos progresivos. Pero lo cierto es que propuestas como esta no solo son apenas gotas de agua en el océano de la miseria capitalista sino que lo que estamos viendo en el mundo es una gigantesca intervención estatal pero no para redistribuir a favor de los trabajadores sino para rescatar al gran capital y reproducir los esquemas de acumulación heredados de la ofensiva neoliberal. Y el fortalecimiento del estado se da en el terreno represivo, de donde nunca se fue. Los endeudamientos crecientes de los estados serán nuevamente pagados con recortes y ajustes al pueblo trabajador, como ya vimos luego de la crisis de 2008. Solo un programa transicional, que plantee la movilización de las masas para imponer gobiernos de trabajadores en ruptura con el capitalismo, como planteamos desde el FITU y en la convocatoria a esta conferencia, puede evitar ese destino.

Junto con los importantes acuerdos que expresamos en los documentos de convocatoria, se han expresado previamente y en los debates realizados una serie de discusiones y diferencias, a las que me voy a referir.

En tal sentido quería hacer una primera referencia al carácter de la época que atravesamos, a partir de lo que plantearon los compañeros de la UIT sobre que más allá de escaramuzas, no estaba planteada la posibilidad de una guerra entre Estados Unidos y China debido a la presencia de las multinacionales estadounidenses en el país asiático. Si fuese así, el capitalismo habría mutado hacia alguna de las variantes que contra Lenin defendían Kautsky o Hilferding, de “super imperialismo” o “ultra imperialismo”, que descartaban la guerra como perspectiva basándose justamente en un ciclo de internacionalización de las fuerzas productivas. No tenemos que olvidar que Trotsky ya a mediados de la década de los ’20 señalaba que la competencia entre Estados Unidos y las potencias imperialistas europeas creaba tendencias a una nueva guerra mundial, proceso que se aceleró con la crisis del ’30.

Para nosotros, seguimos atravesando una época de “crisis, guerras y revoluciones”, no solo de “crisis y revoluciones”, pese al desarrollo que ha tenido la internacionalización de la producción, el comercio y las finanzas capitalistas. Las crisis de magnitud, como fue la de los ’30 del siglo XX, al agudizar las contradicciones entre los estados dominantes, aceleran las tendencias a la guerra, que solo un conjunto de revoluciones socialistas triunfantes pueden evitar. Si un Estados Unidos declinante y una China en ascenso van a la guerra en un período más o menos cercano, o si las rivalidades crecientes se expresan en guerras por procuración o se mantienen en el terreno de guerras comerciales, es algo que depende de muchos factores, entre otros el desarrollo de la crisis en curso. Pero lo cierto es que desde la crisis de 2008, que quebró el consenso burgués “globalizador”, y más aún desde la asunción de Trump y la adopción de Estados Unidos de una política “anti china” que comparte con los demócratas, tenemos que señalar con claridad que esta perspectiva está abierta y que si la revolución social no altera el curso de los acontecimientos el capitalismo nos enfrentará a guerras catastróficas como las que vimos el siglo anterior.

A la vez, opuesta a esta tendencia armonicista, vemos un peligro opuesto en ver que las tendencias agresivas y al guerrerismo del imperialismo yanqui justifiquen acuerdos con corrientes stalinistas que consideran progresivos a Putin en Rusia o al régimen de Xi Jinping en China, como el Partido de los Comunistas Unificado de Rusia, un partido que reivindica a Stalin y con buenas relaciones con Putin, con quienes el PO compartió distintos eventos para avanzar en una confluencia internacional, entre ellos una Conferencia en Buenos Aires en 2018, lo que creemos un error.

Una segunda cuestión que quería plantear es que para nosotros no pueden superarse a las direcciones nacionales y populares o centroizquierdistas si se mezclan banderas con la derecha. Ni el autoritarismo de Maduro ni las críticas a Evo Morales pueden justificar marchar junto a Guaidó y las distintas variantes de la derecha venezolana o con los golpistas bolivianos, considerando “rebeliones populares” levantamientos fogoneados por la derecha y el imperialismo. Es una posición liberal, democratizante, no marxista. Lo mismo en Brasil: la oposición al ajuste de Dilma y al gobierno del PT no podía justificar avalar el golpe institucional en Brasil o la proscripción y el encarcelamiento de Lula, en base a la operación Lava Jato, motorizada por el imperialismo estadounidense.

Por último, quería referirme a cómo luchar consecuentemente por la independencia de clases y por poner en pie partidos revolucionarios. ¿Cómo articular la “intransigencia ideológica y la flexibilidad táctica” de las que hablaba Lenin? Tenemos claras diferencias con los compañeros que en nombre de lo segundo justifican la participación en frentes amplios de centroizquierda, como el Frente Amplio peruano o Juntos por Perú en ese mismo país, que levanta una perspectiva opuesta a la independencia de clase por la que lucha el FITU en Argentina. Otra discusión es con quienes, en los hechos, afirman que pequeños núcleos de revolucionarios pueden encontrar un camino a las masas sin desplegar distinto tipo de tácticas, como participar en ciertas condiciones en los “partidos amplios anticapitalistas” para enfrentar la estrategia oportunista de sus direcciones. No siempre y cualquier circunstancia, sino analizando cada situación concreta y fijando claros límites de clase (por ejemplo, si esos partidos asumen o no responsabilidades ejecutivas o se integran plenamente en frentes populares).

Lo ocurrido en el NPA nos da plenamente la razón, con el avance de las fuerzas revolucionarias en su seno a partir de una audaz intervención en los grandes fenómenos desarrollados en la lucha de clases en los últimos años, como los chalecos amarillos o la huelga contra la reforma de las pensiones. Un avance que está llevando a la dirección proveniente de la antigua LCR a plantear a través del diario Le Monde que está dispuesta a provocar la escisión del partido antes que su ala izquierda siga avanzando. Nada tienen para mostrar a cambio nuestros críticos. En esto no hacemos más que seguir los consejos que Trotsky dio a sus seguidores en la década de los ’30 del siglo pasado. En Estados Unidos, por ejemplo, dio cuatro tácticas diferentes de construcción partidaria en pocos años. Lo mismo fue el camino recorrido para la fundación de la IV Internacional, donde pasó de fracción de la Internacional Comunista, a tendencia independiente y del impulso al llamado “Bloque de los Cuatro”, a la puesta en pie de la nueva internacional, poco después de la ruptura ocurrida con los antidefensistas en el SWP. La utilización de estas y otras variantes tácticas serán inevitables en el período de agudización de la lucha de clases que tenemos por delante.

Compañeras y compañeros, como señalaba Lenin, la conciencia socialista no surge de la lucha espontánea de los trabajadores. Se necesita una organización que ante cada agravio sufrido por las masas muestre la necesidad de derrocar el orden existente. La lucha por construir partidos revolucionarios de combate en nuestros países y la reconstrucción de la IV Internacional es la perspectiva con la que abordamos desde nuestra corriente los debates que tenemos en curso.






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