Cultura

RESEÑA

"Todo el poder al pueblo", Panteras Negras.

Una mirada sobre la última película de Spike Lee, Infiltrado en el KKKlan.

Domingo 11 de noviembre de 2018 | 11:09

Corren los años 70 y Ron Stallworth (John David Washington) es el primer afroamericano en entrar a la Policía de Colorado Springs, Estados Unidos. Para vencer el recelo de sus compañeros y ganarse un lugar en la fuerza, le propone al jefe hacer alguna tarea como agente encubierto. Entonces lo envían a hacer tareas de espionaje en los Panteras Negras. Al mismo tiempo, Stallworth decide infiltrarse en el KKKlan para obtener información de sus actividades y para ello se hace pasar por un blanco, vía telefónica, y apela a un compañero suyo, judío, Flip Zimmerman (Adam Driver), ya que por obvias razones él no puede hacerlo.

Basada en una historia real, Lee, (Haz lo correcto, Malcom X, Hora 25) vuelve al cine con un policial político. Con un lenguaje crudo, de trazo grueso, híper racista y chocante, el director narra la historia de este policía negro que se infiltra en el Klan para denunciarlo.

Alejado del dramatismo de Malcom X, Lee elige el sarcasmo, el tono irónico para evidenciar el racismo. Con diálogos y escenas cómicas, se toma la licencia de contar una historia trágica de forma humorística. Desde la escena en que Ron se presenta como candidato para entrar a la fuerza, la película es una comedia. El cineasta expone los personajes del Klan con un estilo grotesco, caricaturesco y esto quizás le quita el peligro que esta organización significó y significa para las personas afroamericanas en los Estados Unidos.

Con referencias al Blaxploitation, film de explotación negra, un movimiento cinematográfico de los años 70 que tuvo como protagonista a la comunidad afroamericana, el film indaga en cuestionamientos morales, en las contradicciones de ser negro y estadounidense y sobre la identidad. Está presente también el caso de Flip que entra en crisis y reconoce que siempre ha ocultado ser judío, algo que Ron no ha podido hacer, o la interpelación que Patrice (Laura Harris), activista del Black Power, le hace al protagonista por el hecho de ser negro y policía .

Como si no le alcanzara, Lee va por más y avanza sobre los mitos fundacionales del cine norteamericano que, a través de Hollywood, aportará lo suyo a la segregación y lo plasma a través de la escena en la que el Klan se reúne para ver la proyección de El nacimiento de una nación, 1916, película pionera en el desarrollo del lenguaje cinematográfico como también de un racismo feroz o cuando critican Lo que el viento se llevó, haciendo referencia a que los negros siempre sirven a los blancos.

Hasta aquí el gran Lee mantiene la tensión típica de un policial y denuncia en cada escena el racismo y la supremacía blanca.

Pero también hay otra lectura. Las escenas en el Departamento de Policía delinean a los agentes como si fuera un grupo de amigos que se ríen del Klan y que intentarán, sobre el final, salvar a la activista del Black Power, Patrice, con la que el protagonista ha entablado una relación. Algo poco creíble en el Estados Unidos de los 70 (y ahora) donde la policía era (y es) el brazo armado del poder político híper racista y que salía (y sale) a cazar activistas afroamericanos. En este punto Lee entra en contradicción, le lava la cara a la policía, la salva como institución, la decora y embellece.

Según un estudio elaborado por el diario británico The Guardian, los jóvenes negros tienen nueve veces más probabilidades de ser asesinados a manos de la Policía más que cualquier otro estadounidense. La comunidad negra cuenta con la tasa de mortalidad más alta, uno de cada 65 jóvenes negros muere asesinado por la policía. Es aquí donde la historia contrasta con la realidad.

En este sentido voces críticas se expresaron en Estados Unidos cuestionando la película. El cineasta Boots Riley, que recientemente estrenó Sorry to Bother You, una gran comedia anticapitalista con jóvenes negros como protagonistas, publicó un ensayo de tres carillas criticando el tratamiento de El infiltrado.... En éste plantea, por un lado, que la historia está manipulada ya que el verdadero Ron Stallworth se habría infiltrado por años en organizaciones negras radicales y lo del KKKlan sería una anécdota menor. Riley planteó:

Es una historia inventada en la que sus partes falsas tratan de hacer de un policía, el protagonista, un luchador contra la opresión racista. Se está exhibiendo mientras el tema de Black Lives Matter sigue en discusión, y eso no es una coincidencia. Hay un punto de vista detrás de esto.

Más allá de las críticas, la película está conquistando una amplia audiencia.

Sin embargo, para cerrar su film Lee escoge violentas escenas documentales que muestran claramente el accionar de la fuerza policial al servicio del poder de turno en la brutal intervención de la policía en Charlottesville en agosto de 2017, y donde se puede ver la presencia de David Duke, quien fuera el Gran Mago del KKKlan y que aparece en la película.

El director advierte sobre el estado real de la supremacía blanca, la violencia racista y la opresión sobre la comunidad afroamericana, recargado ahora con Trump en el poder.

Las imágenes del final, hielan la sangre, sacan la risa que minutos antes se había instalado en la boca. Las escenas más delirantes se vuelven siniestras y Lee logra poner el foco en la situación actual, golpeando sin piedad al espectador que hasta ese momento había logrado relajarse.

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