Sociedad

TEORÍA Y POLÍTICA

El crimen del Amazonas y las ideas de Marx y Engels “por el futuro”

La juventud que lucha contra la crisis climática necesita un programa y una estrategia anticapitalista junto a los trabajadores, mientras que la crítica marxista en la ciencia necesita ser atenta y prudente.

Roberto Andrés

Periodista | Editor y redactor de la sección Ecología y medioambiente | @RoberAndres1982

Lunes 2 de septiembre | 15:50

La humanidad observa consternada la destrucción intencional del Amazonas: los estancieros del agro brasileño le han prendido fuego al “pulmón del mundo” con el fin de expandir la frontera agropecuaria y aumentar sus ganancias. Se sienten envalentonados gracias a los sistemáticos ataques del ultraderechista Jair Bolsonaro contra los ambientalistas, quienes cuestionan el desmantelamiento de las mínimas medidas de protección alcanzadas en el gigante sudamericano.

Según la bióloga Brigitte Baptiste, exdirectora del Instituto van Humboldt: "No se dará abasto para recuperar los daños del Amazonas porque los que hoy están sucediendo son irreversibles y podrían demorarse 200, 300, 500 años, o más, para recuperar un ecosistema como este". El crimen contra el Amazonas diezma la capacidad de la biósfera para fijar el carbono atmosférico y regular el régimen de lluvias en la región.

Ante este crimen contra el planeta, la respuesta de la juventud no se ha hecho esperar (serán los principales afectados en el siglo XXI). Cientos de miles se han movilizado en el mundo, acudiendo al llamado del movimiento Fridays for Future, que ya ha protagonizado dos huelgas globales estudiantiles climáticas con más de un millón y medio en las calles. Y se preparan para una tercera gran demostración de fuerzas este 27 de septiembre.

Sin embargo, este fenómeno juvenil internacional -que tiene el privilegio de acceder a un nivel de información que ninguna generación anterior tuvo-, vive a su vez un profundo debate sobre cómo encarar la tarea que lleve a reducir el impacto sobre el planeta de la contaminación y el saqueo de la que son responsables las grandes corporaciones multinacionales del petróleo, la minería, el agronegocio, entre otras, y sus Estados.

Por un lado, desde hace décadas quienes han imprimido su sello político en la temática han sido organizaciones reformistas (aunque hayan tenido el mérito de haber instalado estos temas en la agenda pública), incluso organizaciones imperialistas como la ONU y sus instituciones. Todos ellos, más o menos, reducen la solución a estos problemas (estructurales del capitalismo en su fase decadente) a la actividad individual, disolviendo a las clases sociales (y sus contradicciones) en el “consumidor”, lo que en los marcos del sistema lleva siempre, de una u otra manera, a tratar de convencer a la clase dominante de realizar las transformaciones estructurales necesarias. Es la política (aunque a veces también la “antipolítica”) de presionar a los gobernantes y capitalistas para que actúen como “gobernantes y capitalistas responsables”.

Sin embargo, por otro lado, la importante fisura de la ideología neoliberal dominante -provocada por la crisis económica, política y social que vive el capitalismo desde la caída de Lehman Brothers en 2008, la frustrada Primavera Árabe, el drama de los refugiados, el aumento continuo de la temperatura global de la Tierra y el surgimiento de fenómenos políticos nuevos por izquierda (Podemos, Syriza, Bernie Sanders) y por derecha (Trump, Bolsonaro, Vox)-, lleva a que gran parte de esta emergencia juvenil tienda a ver más claramente en el capitalismo la causa de la crisis socio-ecológica global.

Esto plantea la importancia y la necesidad urgente de contraponer una alternativa anticapitalista mucho más elaborada. Tal como señaló recientemente el Movimiento Revolucionario de Trabajadores de Brasil (partido hermano del PTS - Frente de Izquierda de Argentina), a propósito del crimen sobre el Amazonas: “En distintas partes del mundo los jóvenes protagonizan incontables manifestaciones contra los cambios climáticos producto de la devastación ambiental, como los “Viernes por el Futuro” de Europa. En Brasil también son los jóvenes la línea de frente de los cuestionamientos a las políticas devastadoras de Bolsonaro. Es necesario un programa y una estrategia anticapitalista al lado de los trabajadores para que esa joven generación pueda luchar por su futuro”.

Este artículo -que va dirigido a todos los jóvenes que se abren a las ideas del socialismo y el anticapitalismo-, es un aporte a esta discusión. Su objetivo es iniciar un proceso de estudio y formación, no finalizarlo. Aquí rescataremos algunas de las principales ideas anticapitalistas de Marx y Engels “por el futuro”, una crítica que anticipó gran parte del pensamiento ecologista contemporáneo, aunque no ha sido lo suficientemente estudiada por los marxistas de hoy.

Tres aclaraciones fundamentales preliminares

Antes de ir a estas “ideas por el futuro”, es necesario hacer tres aclaraciones fundamentales que permitan contextualizarlas, sin las cuales este artículo no pasaría de ser un mero rejunte de citas y no podríamos problematizar estos aportes para la lucha de hoy.

1. La cosmovisión marxista no es una llave maestra

“La filosofía del marxismo es el materialismo”, decía Lenin. “A lo largo de toda la historia moderna de Europa, y en especial en Francia a fines del siglo XVIII, donde se desarrolló la batalla decisiva contra toda la escoria medieval, contra el feudalismo en las instituciones y en las ideas, el materialismo se mostró como la única filosofía consecuente, fiel a todo lo que enseñan las ciencias naturales”. Marx y Engels defendieron del modo más enérgico el materialismo filosófico y explicaron en reiteradas veces el profundo error que significaba toda desviación de esa base.

Pero no se detuvieron en el materialismo del siglo XVIII, sino que desarrollaron esta filosofía llevándola a un nivel superior, enriqueciéndola con los aportes del sistema filosófico de Hegel, cuyo principal logro es la dialéctica, es decir, la doctrina del desarrollo en su forma más completa, profunda y libre de unilateralidad, la doctrina acerca de lo relativo del conocimiento humano. Para Lenin, el materialismo dialéctico “ha proporcionado a la humanidad, y sobre todo a la clase obrera, la poderosa arma del saber”.

Sin embargo, si bien la dialéctica y el materialismo son los elementos básicos del conocimiento marxista del mundo, Trotsky advierte que “esto no significa que puedan ser aplicados a cualquier campo del conocimiento como si se tratara de una llave maestra. La dialéctica no puede ser impuesta a los hechos, sino que tiene que ser reducida de ellos, de su naturaleza y desarrollo”. Por ejemplo, solamente una cuidadosa labor sobre una enorme masa de materiales posibilitó a Marx aplicar el sistema dialéctico a la economía y extraer la concepción del valor como trabajo social. Marx construyó de la misma forma sus obras históricas, e incluso sus artículos periodísticos. “El materialismo dialéctico únicamente puede ser aplicado a nuevas esferas del conocimiento si nos situamos dentro de ellas. Para superar la ciencia burguesa es preciso conocerla a fondo, y no llegaremos a ninguna parte con críticas superficiales mediante órdenes vacías. El aprender y el aplicar van codo a codo con el análisis crítico. La crítica marxista en la ciencia debe ser atenta y prudente, de otra forma podría degenerar en nueva charlatanería”.

Lamentablemente este no fue el derrotero de las principales corrientes marxistas en el siglo XX. Hubo un importante abandono de la aplicación del método marxista al estudio de la naturaleza y las ciencias naturales. Por una parte, el llamado “marxismo tradicional” trató el proyecto materialista como un sistema dialéctico cerrado, que explicaba todo el universo, incluida la historia de la humanidad y de la naturaleza. Por otra parte, el llamado “marxismo occidental”, si bien rechazó esta lectura unilateral y “omnipotente”, en el proceso descartó la importancia del estudio de la naturaleza y las ciencias naturales, alejándose cada vez más del materialismo y reduciendo la crítica ecológica que emerge en la década de los años 60 a una crítica meramente culturalista. Por su lado, si bien el trotskismo es heredero legítimo de todo este legado de Marx y Engels, no le ha dado ningún uso.

2. Una segunda revolución copernicana modifica nuestra percepción

En los últimos treinta años, la comprensión científica de nuestro planeta ha cambiado radicalmente. Hemos presenciado lo que algunos, como el físico teórico Hans Schellnhuber, han denominado “una segunda revolución copernicana”. “Los instrumentos de aumento óptico provocaron una vez la revolución científica que puso a la Tierra en su contexto astrofísico correcto. Las sofisticadas técnicas de compresión de la información, incluido el modelado de simulación, ahora están marcando el comienzo de una segunda revolución copernicana”, señaló Schellnhuber en 1999. “Esta nueva revolución será en cierto modo una inversión de la primera: nos permitirá mirar hacia atrás en nuestro planeta para percibir una sola entidad compleja, disipativa, dinámica, lejos del equilibrio termodinámico: el Sistema Tierra”.

El principal protagonista de esta revolución científica fue el Programa Internacional Geosfera-Biosfera, “el programa de cooperación científica internacional más grande, complejo y ambicioso jamás organizado”. Desde su inicio (1986), su objetivo ha sido describir y comprender la interacción de los procesos físicos, químicos y biológicos que regulan el sistema planetario, los flujos de energía que proporcionan las condiciones necesarias para la vida en la Tierra, los cambios que están ocurriendo en ese sistema y la forma en que estos cambios están influenciados por las acciones humanas, para así desarrollar, sobre esta base cognitiva, nuevos conceptos para la gestión ambiental global.

Esto llevó a la inquietante confirmación de que la actividad humana ha provocado la interrupción de un complejo ciclo natural que tardó millones de años en evolucionar. El cambio climático, la crisis en el ciclo del carbono, del agua, del fósforo y del nitrógeno, la acidificación de ríos y océanos, la pérdida creciente y acelerada de biodiversidad, los cambios en los patrones en el uso de la tierra y la contaminación química, entre otros aspectos, son la manifestación de una situación completamente inédita para la humanidad. Como el científico del IGBP y premio nobel de química Paul Crutzen señaló: “El sistema Tierra se ha movido recientemente fuera del rango de variabilidad natural exhibido durante al menos el último medio millón de años. La naturaleza de los cambios que se producen simultáneamente en el Sistema Tierra, sus magnitudes y las tasas de cambio, no tienen precedentes y son insostenibles”.

No se trata de una exageración o una suposición, sino de la conclusión central de uno de los proyectos científicos más grandes jamás emprendidos, lo que requiere que pensemos en nuestro planeta de una manera completamente nueva: a) que la Tierra misma es un sistema único, dentro del cual la biosfera es un componente activo y esencial (“un jugador, no un espectador”). Y b) Las actividades humanas ahora son tan penetrantes y profundas en sus consecuencias que afectan a la Tierra a escala global de formas complejas, interactivas y aceleradas, con la posibilidad de alterar el sistema planetario de una manera que amenaza los procesos y componentes, tanto bióticos como abióticos, de los que dependemos los seres humanos.

3. Reactualizar el materialismo dialéctico para una crítica ecológica consecuente

Tras la caída del muro de Berlín, si bien la izquierda se rearmó teóricamente para enfrentar la influencia de la burguesía en el campo de las ciencias sociales, combatiendo las teorías “irracionalistas” como las del posmodernismo y las ideas del fin de la historia, del fin de la clase obrera y la revolución, no se rearmó teóricamente para enfrentar la ideología dominante de la burguesía en el terreno de las ciencias naturales (el reduccionismo cartesiano), lo que la vuelve permeable a los puntos de vista de derecha, impuestos como “sentidos comunes” por el capital imperialista en la producción de conocimiento.

Por otra parte, durante muchos años, tanto ecologistas como marxistas han creído que Marx y Engels sostenían un punto de vista prometeico y productivista, que no eran críticos con la tecnología desarrollada por el capitalismo y que reducían el rol de la naturaleza al de un simple ente pasivo. Ocurre que ambos revolucionarios estudiaron ansiosamente ciencias naturales, más aún en sus últimos años, pero no pudieron integrar plenamente todos sus nuevos hallazgos en sus obras. Sin embargo, sí dejaron algunos cuadernos que dan cuenta de ellos.

Desafortunadamente nadie les ha prestado la suficiente atención ni tampoco fueron publicados durante un largo tiempo, aunque ahora el proyecto MEGA, las Obras Completas de Marx y Engels (por sus siglas en alemán), los publica en su cuarta sección. Pero, el costo del tomo dedicado a las ciencias naturales es equivalente al del salario de un obrero promedio argentino, con el agravante de que se encuentra exclusivamente en alemán (ni siquiera ha sido traducido al inglés), por lo que se vuelve inaccesible a la vanguardia obrera y juvenil hispanoparlante. Urge su traducción.

Afortunadamente, es posible rescatar algunos aportes que, como el hilo de Ariadna, nos permitirán comenzar a salir de este laberinto: a) La tradición de la dialéctica de la naturaleza sí tuvo continuidad… en el campo de las ciencias naturales. Sus referentes más conocidos son los biólogos norteamericanos Richard Levins, Richard Lewontin y Stephen Jay Gould, entre otros, precedidos por los británicos John Haldane (biología), John Bernal (física) y Joseph Needham (química), y los soviéticos Nicolai Vavilov (biología), Vladimir Stanschinsky (biología) y Boris Hessen (física), entre otros más; b) Ha surgido una nueva generación de sociólogos marxistas que rescatan esta tradición, recuperando la concepción ecológica del mundo de Marx y Engels y contrastando sus aportes con los de la segunda revolución copernicana. Estos intelectuales son los norteamericanos Bellamy Foster (Marx’s Ecology), Paul Burkett (Marx and Nature), Ian Angus (Facing the Anthropocene), Clark y York (The Ecological Rift), el alemán Elmar Altvater (Engels neu entdecke) y el japonés Kohei Saito (Karl Marx’ Ecosocialism), entre otros.

La emergencia del Frente de Izquierda en el cono sur como fuerza política nacional que persiste en el tiempo sienta las bases para avanzar a una nueva escala con el trabajo inconcluso, luchando por una nueva subjetividad revolucionaria en franjas del movimiento de masas. Apropiándonos críticamente de los inmensos aportes realizados por esta segunda revolución copernicana y estudiando detenidamente los manuscritos económicos y los cuadernos de ciencias naturales de Marx y Engels, podemos aprender de ellos para desarrollar una verdadera crítica ecológica al capitalismo del siglo XXI. Esta es una tarea práctica y teórica urgente en tanto la humanidad está haciendo frente a una seria crisis ecológica global bajo el sistema capitalista. La crisis de la humanidad se está convirtiendo en la crisis de sus condiciones de producción.

Las ideas anticapitalistas de Marx y Engels “por el futuro”

Veamos los diversos pasajes en las obras de los padres del socialismo científico en donde estos se refieren a la cuestión.

“Sólo mediante la fusión de la ciudad y el campo puede eliminarse el actual envenenamiento del aire, el agua y la tierra”

Engels en el Anti-Dühring señala: “Mientras que la fuerza hidráulica es necesariamente rural, la del vapor no es necesariamente urbana. Su aplicación capitalista es la que la ha concentrado primordialmente en las ciudades, transformando aldeas fabriles en ciudades industriales. Pero con eso mina al mismo tiempo las condiciones de su propia explotación. La primera exigencia de la máquina de vapor y la necesidad principal de casi todas las ramas de la gran industria es contar con un agua relativamente limpia. Pero la ciudad industrial convierte todas las aguas en un hediondo líquido. Por eso, en la misma medida en que la concentración urbana es una condición básica de la producción capitalista, en ella misma tiende siempre cada capitalista industrial a alejarse de las grandes ciudades que aquella producción ha creado, y a acercarse a la explotación en el campo. Este proceso puede estudiarse en concreto en los distritos textiles del Lancashire y el Yorkshire; la gran industria capitalista engendra allí constantemente nuevas grandes ciudades en su huida de la ciudad al campo. Análogamente ocurre en los distritos metalúrgicos, en los que causas en parte diversas producen los mismos efectos. Este nuevo círculo vicioso, esta contradicción constantemente reproducida por la moderna industria, no puede tampoco superarse sin superar su carácter capitalista. Sólo una sociedad que haga interpenetrarse armónicamente sus fuerzas productivas según un único y amplio plan puede permitir a la industria que se establezca por toda la tierra con la dispersión que sea más adecuada a su propio desarrollo y al mantenimiento o a la evolución de los demás elementos de la producción. La superación de la contraposición entre la ciudad y el campo no es pues, según esto, sólo posible. Es ya una inmediata necesidad de la producción industrial misma, como lo es también de la producción agrícola y, además, de la higiene pública. Sólo mediante la fusión de la ciudad y el campo puede eliminarse el actual envenenamiento del aire, el agua y la tierra; sólo con ella puede conseguirse que las masas que hoy se pudren en las ciudades pongan su abono natural al servicio del cultivo de las plantas, en vez de al de la producción de enfermedades”. Federico Engels, en el Anti-Dühring (o la Revolución de la ciencia de Eugenio Dühring). Sección Tercera, Socialismo (III. Producción).

Pocos años antes, en El problema de la vivienda (1872), Engels había señalado: “La supresión de la oposición entre la ciudad y el campo no es ni más ni menos utópica que la abolición de la oposición entre capitalistas y asalariados. Cada día se convierte más en una exigencia práctica de la producción industrial como de la producción agrícola. Nadie la ha exigido más enérgicamente que Liebig en sus obras sobre química agrícola, donde su primera reivindicación ha sido siempre que el hombre debe reintegrar a la tierra lo que de ella recibe, y donde demuestra que el único obstáculo es la existencia de las ciudades, sobre todo de las grandes urbes. Cuando vemos que aquí, en Londres solamente, se arroja cada día al mar, haciendo enormes dispendios, mayor cantidad de abonos naturales que los que produce el reino de Sajonia, y qué obras tan formidables se necesitan para impedir que estos abonos envenenen toda la ciudad, entonces la utopía de la supresión de la oposición entre la ciudad y el campo adquiere una maravillosa base práctica”.

Para exponer más claramente que hay una coherencia en la evolución del pensamiento de Engels, es importante advertir la siguiente cuestión: en el Manifiesto Comunista (1847), Marx y Engels habían señalado que una de las medidas que los comunistas debían implementar era la “combinación de la agricultura y la industria, medidas encaminadas a hacer desaparecer gradualmente la oposición entre la ciudad y el campo”. Pero en la edición inglesa de 1888, y una vez ya fallecido Marx, Engels debe especificar que esta combinación se debe dar, además, “mediante una distribución más uniforme de la población en el país”.

“La producción capitalista perturba el retorno al suelo de aquellos elementos que han sido consumidos bajo la forma de alimentos y vestimenta”

Por su parte, Marx, en el Tomo III de El capital, específicamente en La génesis de la renta capitalista del suelo, señala: “El latifundio reduce la población agraria a un mínimo siempre decreciente y la sitúa frente a una creciente población industrial hacinada en grandes ciudades. De este modo da origen a unas condiciones que provocan una fractura irreparable en el proceso interdependiente del metabolismo social, metabolismo que prescriben las leyes naturales de la vida misma. El resultado de esto es un desperdicio de la vitalidad del suelo, que el comercio lleva más allá de los límites de un solo país (Liebig). La industria a gran escala y la agricultura a gran escala explotada industrialmente tienen el mismo efecto. Si originalmente pueden distinguirse por el hecho de que la primera deposita desechos y arruina la fuerza de trabajo, y por tanto la fuerza natural del hombre, mientras la segunda hace lo mismo con la fuerza natural del suelo, en el posterior curso del desarrollo se combinan, porque el sistema industrial aplicado a la agricultura también debilita a los trabajadores del campo, mientras que la industria y el comercio, por su parte, proporcionan a la agricultura los medios para agotar el suelo”.

En el Tomo I, específicamente en La industria y la agricultura a gran escala, Marx indica: “Con la preponderancia incesantemente creciente de la población urbana, acumulada en grandes centros por la producción capitalista, ésta por una parte acumula la fuerza motriz histórica de la sociedad, y por otra perturba el metabolismo entre el hombre y la tierra, esto es, el retorno al suelo de aquellos elementos constitutivos del mismo que han sido consumidos por el hombre bajo la forma de alimentos y vestimenta, retorno que es condición natural eterna de la fertilidad permanente del suelo. Con ello destruye, al mismo tiempo, la salud física de los obreros urbanos y la vida intelectual de los trabajadores rurales. (…) La dispersión de los obreros rurales en grandes extensiones quebranta, al mismo tiempo, su capacidad de resistencia, mientras que la concentración aumenta la de los obreros urbanos. Al igual que en la industria urbana, la fuerza productiva acrecentada y la mayor movilización del trabajo en la agricultura moderna, se obtienen devastando y extenuando la fuerza de trabajo misma. Y todo progreso de la agricultura capitalista no es sólo un progreso en el arte de esquilmar al obrero, sino a la vez en el arte de esquilmar el suelo; todo avance en el acrecentamiento de la fertilidad de éste durante un lapso dado, es un avance en el agotamiento de las fuentes duraderas de esa fertilidad. Este proceso de destrucción es tanto más rápido, cuanto más tome un país (es el caso de los Estados Unidos de Norteamérica, por ejemplo) a la gran industria como punto de partida y fundamento de su desarrollo. La producción capitalista, por consiguiente, no desarrolla la técnica y la combinación del proceso social de producción sino socavando, al mismo tiempo, los dos manantiales de toda riqueza: la tierra y el trabajador”.

Esta idea de “los dos manantiales de toda riqueza” es ampliada en la Crítica al Programa de Gotha (1875), cuando señalan que “el trabajo no es la fuente de toda riqueza. La naturaleza es la fuente de los valores de uso (¡que son los que verdaderamente integran la riqueza material!), ni más ni menos que el trabajo, que no es más que la manifestación de una fuerza natural, de la fuerza de trabajo del hombre”.

“El cultivo (cuando procede en crecimiento natural y no está controlado conscientemente) deja desiertos detrás de él”

Marx se había referido a los efectos “devastadores” de la “deforestación” y veía en ellos un resultado histórico a largo plazo de la relación explotadora con la naturaleza que había caracterizado a toda civilización, no sólo al capitalismo, hasta aquel momento: “El desarrollo de la civilización y de la industria en general se ha mostrado siempre tan activo en la destrucción de los bosques, que todo cuanto se ha hecho para su conservación y reproducción resulta por completo insignificante en comparación”, (El capital, T. 2).

Marx condenaba asimismo el hecho de que los bosques de Inglaterra no fuesen “verdaderos bosques”, puesto que “los ciervos en los parques de los grandes señores son tímidas bestias domésticas tan gordas como los concejales londinenses”; mientras que, en Escocia, los llamados “bosques de ciervos”, que se habían establecido en beneficio de los cazadores (a expensas de los trabajadores rurales) tenían ciervos, pero no árboles. Bajo la influencia de los materialistas de la Antigüedad y de Darwin, Marx y Engels rechazaron la viejísima concepción que situaba a los seres humanos en el centro del universo natural. Así, Engels profesaba “un fulminante desprecio por la exaltación idealista del hombre por encima de los demás animales”. No hay el menor rastro en Marx y Engels de la reducción cartesiana de los animales a meras máquinas.

En marzo de 1868, Marx le escribe a Engels: “Querido Fred: [...] Es muy interesante el libro de Karl Fraas ,’El clima y el mundo vegetal a través de los tiempos. Una historia de ambos’ (1847), a saber, como prueba de que el clima y la flora cambian en los tiempos históricos. Él es un darwinista antes de Darwin, y admite incluso las especies que se desarrollan en tiempos históricos. Pero es al mismo tiempo agrónomo. Afirma que con el cultivo -dependiendo de su grado- la ’humedad’ tan amada por los campesinos se pierde (por lo tanto, también las plantas migran de sur a norte), y finalmente ocurre la formación esteparia. El primer efecto del cultivo es útil, pero finalmente devastador a través de la deforestación, etc. Este hombre es un aprendido filólogo a fondo (ha escrito libros en griego) y un químico, agrónomo, etc. La conclusión es que el cultivo -cuando procede en crecimiento natural y no está controlado conscientemente- deja desiertos detrás de él: Persia, Mesopotamia, etc., Grecia. ¡Así que una vez más una tendencia socialista inconsciente! [...] Debemos vigilar de cerca lo reciente y lo último en agricultura. La escuela física se enfrenta a la escuela química”.

Marx descubrió en la obra de Fraas otros métodos para regular la interacción metabólica entre los humanos y la naturaleza, además de la adición de nutrientes químicos. Según Fraas, el retorno de los nutrientes del suelo no necesariamente requería de la acción humana, sino que también podría gestionarse el restablecimiento de la fertilidad a través de los propios procesos naturales, poniendo como ejemplo los lugares donde las inundaciones periódicas aportan sedimentos. En la obra El clima y el mundo vegetal a través del tiempo, Fraas argumenta cómo antiguas civilizaciones y en particular la antigua Grecia colapsaron después de que la deforestación causó cambios insostenibles en el medioambiente local, y demostró que cambios locales en el clima producto de la deforestación habían tenido impactos significativos en la civilización. Marx tomó nota de estas observaciones y encontró en Fraas “una tendencia socialista inconsciente”.

Según Saito, Marx tomó conciencia del peligro del cambio climático como resultado del manejo irracional de la naturaleza por la sociedad, una increíble visión que escribió hace un siglo y medio. Foster afirma que Marx debe haber asistido a la clase de John Tyndall acerca del efecto invernadero, y que por eso conocía la causa del calentamiento global de hoy en día. Saito tiene un razonamiento en parte distinto considerando que no hay evidencias directas para demostrar la familiaridad de Marx con este tema. Sin embargo, examinó sus cuadernos sobre la obra de Fraas y vio el cambio climático como el resultado, no del efecto invernadero sino, de una excesiva deforestación, que cambia la circulación local del aire y las precipitaciones. Este análisis de Fraas extendió los intereses de Marx en el carácter de saqueo de la producción capitalista sobre el agotamiento del suelo.

Ocho años después, Engels retoma estas ideas problematizando la relación sociedad-naturaleza. En El rol del trabajo en la transformación del mono en hombre (1876), señala: “Sin embargo, no nos dejemos llevar por el entusiasmo ante nuestras victorias sobre la naturaleza. Después de cada una de estas victorias la naturaleza toma su venganza. Es verdad que las primeras consecuencias de estas victorias son previstas por nosotros, pero en segundo y en tercer lugar aparecen unas consecuencias muy distintas, totalmente imprevistas y que, a menudo, anulan las primeras. Los hombres que, en Mesopotamia, Grecia, Asia Menor y otras regiones, talaban los bosques para obtener tierra de labor, ni siquiera podían imaginarse que, al eliminar, con los bosques, los centros de acumulación y reserva de humedad, estaban sentando las bases de la actual aridez de esas tierras. Los italianos de los Alpes, que talaron en las laderas meridionales los bosques de pinos, conservados con tanto celo en las laderas septentrionales, no tenían idea de que con ello destruían las raíces de la industria lechera de su región; y mucho menos podían prever que, al proceder así, dejaban la mayor parte del año sin agua sus fuentes de montaña, con lo que permitían (al llegar el período de lluvias) vomitar con toda su furia sus torrentes sobre la planicie. Los que difundieron el cultivo de la patata en Europa no sabían que con este tubérculo farináceo difundían a la vez la escrofulosis. Así, a cada paso, los hechos nos recuerdan que nuestro dominio sobre la naturaleza no se parece en nada al dominio de un conquistador sobre un pueblo conquistado, que no es el dominio de alguien situado fuera de la naturaleza, sino que nosotros, por nuestra carne, nuestra sangre y nuestro cerebro, pertenecemos a la naturaleza, nos encontramos en su seno, y todo nuestro dominio sobre ella consiste en que, a diferencia de los demás seres, somos capaces de conocer sus leyes y de aplicarlas juiciosamente”.

“El ser humano, en cuanto obrero, no es simplemente un fijador del calor solar del presente, sino un derrochador muchísimo mayor del calor solar del pasado”

Aun cuando se centrara en considerable medida en las contradicciones de la segunda revolución agrícola y su relación con la división antagónica entre ciudad y campo, la concepción materialista de la naturaleza que tenían Marx y Engels significaba que también tenían en cuenta (aunque los abordaran con mayor brevedad) otros problemas ecológicos, incluida la disminución de las reservas de carbón, la destrucción de los bosques, etc.

En diciembre de 1882, Engels le envía dos cartas a Marx dándole su opinión sobre el descubrimiento del médico socialista ucraniano Sergei Podolinsky, quien le había hecho llegar su estudio previamente a Marx para su evaluación: “Su verdadero descubrimiento -dice Engels- es que el trabajo humano tiene el poder de fijar la energía solar sobre la superficie de la tierra permitiendo que su acción dure más de lo que duraría sin él. Todas las conclusiones económicas que deduce de esto son equivocadas. (…) Lo que Podolinsky ha olvidado por completo es que el hombre, en cuanto obrero, no es simplemente un fijador del calor solar actual, sino un derrochador muchísimo mayor del calor solar del pasado. Las reservas de energía, carbón, minas, bosques, etcétera, que hemos logrado despilfarrar, las conoces mejor que yo. (…) Lo que el hombre realiza deliberadamente con el trabajo, lo hace en forma inconsciente la planta. Las plantas —y esto también es cuento viejo— son los mayores absorbentes y depósitos de calor en forma transformada. Por consiguiente, mediante el trabajo, en cuanto fija calor solar (lo que no ocurre en la industria y otras ramas de la producción), el hombre logra unir las funciones naturales del animal consumidor de energía con las de la planta, coleccionista de energía. Podolinsky, partiendo de este descubrimiento muy valioso, se ha extraviado por caminos equivocados”.

Se desconoce si Marx le envió una respuesta tanto a Podolinsky como a Engels. Moriría tres meses después de las cartas de Engels. De todas formas, es presumible que Marx previamente le haya respondido a Podolinsky devolviéndole su trabajo con anotaciones en los costados, algo muy común en esa época. Lamentablemente el material original no ha sobrevivido a la historia. Las que sí sobrevivieron, además de las cartas de Engels, son las anotaciones del propio Marx en sus cuadernos de ciencias naturales, pero que aún no han sido traducidas. Muchas veces se ha querido justificar un supuesto divorcio entre economía y naturaleza en la concepción marxista del mundo aduciendo al caso Podolinsky. El tema ha sido cuidadosamente tratado por Foster y Burkett en polémica con Martínez Allier y Naredo. En 2006, Burkett publicó su libro Marxism and ecological economy, en donde se centró en el tema.

“La economía capitalista registra un derroche gigantesco, por lo que a su aprovechamiento se refiere”

Retomando el tomo III de El capital, específicamente en el Aprovechamiento de los residuos de la producción, Marx aborda el problema del reciclaje de los residuos, tanto de la producción como del consumo: “Los primeros son los desperdicios de la industria y de la agricultura, los segundos son, de una parte, los residuos que se derivan de los cambios fisiológicos naturales del hombre y, de otra parte, la forma sobre la cual subsisten los objetos útiles después de su uso. Residuos de la producción son, por tanto, en la industria química, los productos accesorios que en una fase inferior de producción se desaprovechan; las virutas metálicas que se desprenden en la industria de fabricación de maquinaria y que luego se emplean como materia prima en la producción de hierro, etc. Residuos del consumo son las materias orgánicas eliminadas por el hombre en su proceso de asimilación, los restos de vestidos en forma de trapos, etc. Estos residuos del consumo son los más importantes para la agricultura. La economía capitalista registra un derroche gigantesco, por lo que a su aprovechamiento se refiere. En Londres, por ejemplo, no se ha encontrado mejor destino al abono procedente de cuatro millones y medio de hombres que el de emplearlo, con unos gastos gigantescos, para convertir el Támesis en un foco pestilente”.

“Las condiciones que han de concurrir para que sea posible volver a aprovechar tales residuos son, en general, las siguientes: que se reúnan en grandes masas, lo que supone un trabajo en gran escala; que se perfeccione la maquinaria para que las materias que en su forma existente no eran aprovechables antes puedan transformarse ahora de un modo apto para la nueva producción; que la ciencia, especialmente la química, realice progresos en los que se descubran las propiedades útiles de los desperdicios”.

“Los llamados desperdicios desempeñan un papel importante en casi todas las industrias”, dice Marx, tomando como ejemplo los casos del lino, la lana y el algodón. “Pero el ejemplo más palmario del aprovechamiento de desperdicios nos lo ofrece la industria química. Esta industria no utiliza solamente sus propios desperdicios, para los que encuentra nuevo aprovechamiento, sino también los de toda otra serie de industrias, transformando, por ejemplo, los gases de alquitrán, que antes apenas tenían aprovechamiento, en anilinas, la materia colorante llamada alizarina, y últimamente, en productos médicos”.

Conclusión

Marx y Engels no eran ajenos a los debates científicos que atrapaban a la Inglaterra victoriana de la segunda mitad del siglo XIX. Estudiaban con mucha atención a científicos tales como John Tyndall, Justus von Liebig, Thomas Huxley, James Anderson, Charles Darwin, Charles Lyell, Karl Fraas e, incluso, contaban en sus filas con científicos socialistas tales como Karl Schorlemmer y Sergei Podolinsky. Este interés iba mucho más allá de la simple curiosidad culta por las recientes teorías y descubrimientos de la época, sino por el contrario, la lectura sistemática de estos autores constituyó material de estudio para la elaboración de una profunda crítica anticapitalista, materialista y dialéctica. Como señalara Saito: “La intensidad y el alcance de los estudios científicos de Marx es asombrosa”.

Hoy como ayer, los marxistas, utilizando “la poderosa arma del saber” del materialismo dialéctico, debemos emprender un estudio detenido y riguroso de los aportes de científicos tales como James Hansen, Paul Crutzen, Will Steffen, Johann Rckström, Jan Zalasiewicz y Hans Schellnhuber, entre otros. El capitalismo ha llevado a la interrupción de un complejo ciclo natural que tardó millones de años en evolucionar y estabilizarse, “una fractura irreparable en el proceso interdependiente entre el metabolismo social y el natural prescrito por las leyes naturales”, como sugiriera Marx hace más de un siglo.

Por ello, la lucha por el mantenimiento de los patrones estables que posibiliten la producción humana debe ser no solo necesariamente anticapitalista, sino que también, como señalara Trotsky, “atenta y prudente, de otra forma podría degenerar en nueva charlatanería”. Solo así podremos hacer realidad aquella definición de Marx sobre el comunismo: “Desde el punto de vista de una formación económico-social superior, la propiedad privada del planeta en manos de individuos aislados parecerá tan absurda como la propiedad privada de un hombre en manos de otro hombre. Ni siquiera toda una sociedad, una nación o, es más, todas las sociedades contemporáneas reunidas, son propietarias de la Tierra. Sólo son sus poseedoras, sus usufructuarias, y deben legarla mejorada, como buenos padres de familia, a las generaciones venideras”.






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