Cultura

TRIBUNA ABIERTA

El niño al que el sistema no le encajaba

Empecé mi primer día con este niño, con nervios y deseando que nos lleváramos bien, dado que no es un colegio en el que el profesor se te impone y es importante que haya entendimiento por parte del profesor y el alumno.

Miércoles 21 de septiembre de 2016 | 20:01

Era mi tercer año como profesora de repaso en una academia, en fechas de octubre o noviembre. Hasta entonces no me habían avisado de que hubiera ningún grupo para mí por el momento. Esa tarde, el dueño de la academia me comentó que un niño de tercero de primaria necesitaba repaso de inglés y me preguntó que si podía hacerme cargo, a lo que acepté encantada. Me dijeron que era un niño difícil, pero no sabría por qué hasta meses después.

Empecé mi primer día con este niño, con nervios y deseando que nos lleváramos bien, dado que no es un colegio en el que el profesor se te impone y es importante que haya entendimiento por parte del profesor y el alumno (que llega agotado después de toda la mañana en el colegio).

Me encontré con una mujer que ya había visto alguna vez por allí, por lo que le saludé. Cuando salió el dueño de la academia, me dijo que era la madre del alumno que iba a tener este curso.

Llegó el padre con el niño y lo primero que oí de él fue decirle al niño que no me diera problemas que si no, se iba a enterar en casa (lo cual me pareció exagerado dado que el niño tendría unos nueve años como mucho). Yo le dije que no tenía de qué preocuparse, ya que no me iba a causar ningún problema.

Al comenzar la clase, le pregunté qué estaban dando en clase, para plantearme como organizar las clases. Estuvimos toda la clase repasando lo que habían dado y no se alteró en toda la hora. Al terminar le dije lo bien que se había portado y el niño se alegró bastante. Le acompañé a la salida, donde estaba la madre esperándole, que me preguntó muy preocupada si se había portado muy mal, a lo que yo sorprendida le dije que no me había dado absolutamente ningún problema.

La semana siguiente, fue la madre quien le llevó a la academia, y una vez que el niño había entrado a la clase, le pregunté cuál era la calificación de su hijo en inglés. Ella me dijo que unas veces era notable y otras veces sobresaliente. ¿Con un sobresaliente o notable en mi asignatura, ven necesario que vaya a una academia?

En la clase el niño estaba en una pizarra escribiendo y dibujando, lo cual no me importó, porque también entendía que necesitaba relajarse un poco al volver del colegio. Le dije que se sentara y a pesar que se sentó, se estuvo toda la clase sin escuchar, teniendo yo que llamar su atención cada cinco minutos. Al terminar la hora, aún no había acabado las tareas que tenía que hacer, hasta que el dueño de la academia me dijo que se quedara hasta que las acabara.

Al cabo de media hora los terminó y yo le pregunté por qué el día anterior no estaba tan alterado. Él me miró triste y me dijo que no le entendía.

Pasaron semanas con esta forma de dar las clases y él estaba peor, no quería ni sentarse en la silla, y de vez en cuando decía que estaba harto del colegio y de los deberes y que yo no le entendía. Al despedirme de él, el padre casi sin despedirse, se marchó mientras le echaba una bronca a su hijo.

Yo acabé destrozada por no saber qué le pasaba ni cómo ayudarle, para que no estuviera tan incómodo, porque sabía que tenía que haber algo más. Recordé que uno de los profesores que había ya le había dado clase antes a este niño, y fui a hablar con él.

Me describió el horario de este niño, que vivía en un pueblo a una hora de su colegio. Se levantaba a las 06.30 para llegar al colegio a las 08.00, salía del colegio a las 17.00 y, a las 17.30 le tocaba dar clase conmigo, después una hora hasta su casa y en cuanto llegaba a casa tenía que hacer tareas o estudiar hasta las 22.00, que era cuando se acostaba y vuelta a empezar al día siguiente.

Según me lo estaba contando yo pensaba que era una broma, porque no podía concebir que un niño de nueve años, que a mi juicio tendría que estar jugando, además de ir a una academia una parte de la tarde, no hiciera otra cosa al llegar a casa que estudiar o hacer deberes.

Le pedí ayuda y le expliqué lo mal que lo estábamos pasando tanto el alumno como yo, él me dijo que me pasaría un material educativo mediante el cual jugando con el ordenador podría repasar lo hecho en clase y no se aburriría, para estar más motivado en los estudios de lo que había estado hasta ahora.

Aún recuerdo su cara cuando al llegar a clase me encontró abriendo en el ordenador una página de juegos.

Pasamos meses en los que aprendía a un ritmo que no había visto nunca, muy interesado en todo lo que estudiábamos. Cada semana me decía como al haber estudiado lo que aprendía en los juegos era el mejor de la clase.

Un día al salir de clase, el padre me pidió hablar, a lo que yo acepté. Me dijo que tenía que ser más estricta con su hijo y que no pagaba para que se pegara toda la clase jugando al ordenador. Yo le intenté explicar lo que hacíamos con el ordenador, mientras él hacía oídos sordos y se marchaba junto a su hijo. Se lo dije al dueño de la academia y me contestó que no pasaba nada, que hablaría él con el padre.

Un mes después, nos juntamos una compañera y yo, uniendo su grupo con mi alumno para que también aprendieran inglés conmigo. Se me ocurrió enseñarles a sumar en inglés, sumas no muy complicadas, pero para que ejercitaran matemáticas e inglés a la vez. Los resultados fueron muy buenos, excepto para el padre de mi alumno, que seguía diciendo que no me pagaban para que el niño jugara al ordenador, mientras mandaba callar a la madre para decir cómo de disciplinadas tenían que ser mis clases.

Un día al llegar a la academia, vi que el niño no aparecía, y al preguntarle al dueño, éste me contestó que el padre por teléfono y con los llantos de mi alumno y su hermano más mayor de fondo, los había desapuntado a los dos de la academia, mientras la madre intentaba convencerle de que así no se hacían las cosas. Me sentí fatal al darme cuenta de que ya no iba a estar con él, ahora que por fin nos estábamos entendiendo, lo que me hizo sentirme muy culpable.

Al contar mi historia trato de hacer reflexionar sobre la educación autoritaria de algunos padres y la lesa humanidad del sistema educativo, que le tenía encerrado prácticamente todo el día con una cantidad de deberes enorme.

Sobre cómo, lo que a mí me dijeron que era trastorno de déficit de atención, resultó ser un problema del ambiente en el que vivía este niño.

Estamos transformando la educación en algo automático, un sistema en el que no pueda participar el niño de forma dinámica, sino como un internamiento y obligación, favoreciendo así que muchos niños abandonen el estudio de forma temprana.

Es necesario abrir una reflexión sobre qué secuelas va a dejar en un futuro esta educación que les estamos imponiendo a toda una joven generación, ya sea desde los colegios como desde casa.






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