FRANCISCO DEL MORAL

"Liberado" el preso con más años de cárcel del Estado Español

Francisco del Moral salió estas navidades de la cárcel. Ostenta el título del preso español con más años de encierro a sus espaldas, en total cinco condenas de unos diez años cada una. Fue apodado el “Robin Hood" del presidio.

Lucía Nistal

@Lucia_Nistal

Martes 5 de enero de 2016 | 22:31

Foto: RTVE

Francisco del Moral fue abandonado al nacer en una calle de Ciudad Real en el verano del ’47. Rodeado del contexto de miseria de los primeros años del franquismo, fue enviado a un orfanato en el que pasó los primeros años de su vida. A los 19 años decidió escapar e ir a Madrid donde sólo, sin medios ni oportunidades, sobreviviría robando bares y tiendas por la noche.

En 1966 fue detenido e ingresó por primera vez en la cárcel de Carabanchel, donde pasó los siguientes diez años. A su salida de prisión trató de buscar un empleo, pero como él mismo afirmaría en una entrevista "con mi historial nadie me quería", lo que le obligó a delinquir nuevamente. Esta vez, sin embargo, refinaría sus métodos y se dedicaría al robo de joyerías (la mayoría de las veces empleando el conocido método del butrón) y sucursales bancarias a punta de pistola.

Esto le valdría nuevas detenciones y estancias en prisión, tras las cuales se encontraba con la misma situación de marginalidad que le empujaron a reincidir en sus atracos. Aunque como él mismo dice: "lo mío no es reincidencia, es necesidad".

De esta manera, la vida de Francisco del Moral se ha convertido en una sucesión de condenas intercaladas por breves períodos de libertad; según sus cuentas, de los 67 años que ha vivido, 46 los ha pasado en la cárcel y apenas dos en relativa libertad, a pesar de no haber cometido delitos de sangre, convirtiéndose así en el preso del Estado español que más tiempo ha pasado "a la sombra".

El “Robin Hood" del presidio

Las condiciones de vida y el contexto social a los que Francisco se ha enfrentado desarrollaron en él una intuitiva “conciencia de clase”, que se expresó tanto en los objetivos de sus atracos como en el empleo que hizo de los bienes robados.

Del Moral es conocido dentro del mundo carcelario como “Robin Hood”, por su costumbre de repartir el dinero obtenido en sus atracos con sus compañeros de prisión. Precisamente con este pseudónimo firmó los 40 giros postales que envió en 2002 a presos de Aranjuez por valor de 8.000 € tras asaltar un banco de Leganés durante un permiso penitenciario. Ese mismo año fue detenido en la oficina de Correos de Cibeles, cuando intentaba enviar nuevas órdenes de pago.

A Francisco no le resulta un problema ser encarcelado, tras tantos años privado de libertad no conoce otro mundo que el que se encuentra tras las rejas. Por eso utiliza sus permisos para robar bancos y repartir el botín entre sus compañeros pues, para este experto atracador, "el dinero está mejor en manos de los necesitados que en las sucursales".

La ley, una cuestión de clase

Los golpes llevados a cabo por Francisco pueden parecer de gran envergadura, pero no son nada en comparación con los millones de euros robados por los grandes corruptos, que sin embargo son tratados con mimo por las autoridades judiciales. Frente a las penas de diez años impuestas a un atracador por el robo de 200.000 euros, personajes como Carlos Fabra son condenados a cuatro años por robar más del triple de esa cantidad a las arcas públicas -cuya condena transcurre en condiciones infinitamente mejores- o Francisco Correa, que es liberado tras pagar una fianza que suma esa cantidad. Sin contar con todos aquellos imputados que consiguen la absolución con pasmosa facilidad.

Además, estos ladrones de guante blanco una vez puestos en libertad continúan con su vida de lujos y excesos, la gran mayoría de las veces con el dinero que nos habían robado. Este hecho contrasta con el destino reservado para los presos comunes que, volviendo al caso de Francisco del Moral, terminan tras el fin de su condena en una residencia de ancianos tutelada por las autoridades.

Historias como la de Francisco causan una gran fascinación en el imaginario colectivo. Desde Bonnie & Clyde hasta "El Solitario", aquellos cuyas vidas salen de los márgenes del orden establecido, resultan atractivos porque parecen representar una vía de escape de la mediocridad a la que el sistema pretende condenarnos. Frente a la imposibilidad de acceder a los lujos que nos inducen a desear y la idea de que ello se debe a nuestra falta de capacidades, falacia de la cultura del esfuerzo, estos personajes son interpretados como una liberación frente a esta ideología. Una forma de no aceptar que existe una ley natural que nos limita a una vida de sacrificio en aras del bienestar de las clases dominantes.

Una fascinación, sin embargo, que no deja de ser una idealización de una vida marginal, que acaba recurriendo en no pocas ocasiones a métodos brutales, y suele desembocar en un final trágico o cuanto menos patético. Una salida que se topa frontalmente con las fuerzas que velan por la propiedad privada y que dado su carácter individualista no supera las trabas a las reglas del sistema a las que en algunos casos como el de Francisco del Moral, se oponen instintivamente.

En el Estado español, como en todo el mundo capitalista, la mayoría de los delitos son precisamente delitos contra la propiedad privada. La mayor parte de ellos han sido generados por la creciente pobreza y marginación de amplias capas sociales. Es así que las cárceles se llenan de pobres, además de ser otro “gran negocio”, ya que a pesar de la crisis se planifica la construcción de centros penitenciarios ante el aumento de la cantidad de presos. De hecho, entre 2005 y 2012 el Estado planificó invertir cerca de 1.600 millones de euros para edificar quince nuevas cárceles, 32 centros de inserción social y cinco unidades para madres-presas.

El descargo del peso de la crisis sobre los trabajadores y sectores populares, y de manera especial sobre los inmigrantes, los jóvenes y las mujeres, hace que cada vez un mayor número se vea privado del más elemental de los derechos que puede otorgar el capitalismo, el de ser explotados a cambio de un salario. La llamada “delincuencia común” no es más que la salida individual a la que se ven abocados miles para garantizarse la subsistencia que este sistema obsceno les niega. Al mismo tiempo, la “lucha” contra ésta es la excusa perfecta para poder mantener legitimados a los cuerpos represivos que defienden el sistema que la hacen posible.






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