SUPLEMENTO

Pandemic! ¿Qué hay de comunismo en el “comunismo reinventado” de Zizek?

Carlos Muro

Jaime Castán

Pandemic! ¿Qué hay de comunismo en el “comunismo reinventado” de Zizek?

Carlos Muro

Jaime Castán

La crisis del coronavirus ha generado una crisis de carácter histórico y diversas personalidades académicas están reflexionando al respecto, como es el caso de Slavoj Zizek. El filósofo esloveno recogió al comienzo de la pandemia algunos apuntes en un breve texto titulado PANDEMIC!:COVID-19 Shakes the World, donde considera la potencialidad que en este escenario se da para desarrollar lo que llama un “comunismo reinventado”.

Con la crisis internacional abierta por el coronavirus distintas personalidades académicas reconocidas han realizado valoraciones sobre la situación de excepcionalidad histórica que vivimos. Figuras como Agamben, Butler, Badiou, Chomsky o el propio Zizek [1], que estas semanas sacó un breve texto donde esboza algunas ideas al respecto, con el título de Pandemic! [2].

Desde el “pesimismo biopolítico” de Agamben, que anula prácticamente cualquier posibilidad de acción colectiva en clave emancipadora; hasta el optimismo del “comunismo reinventado” del filósofo esloveno; pasando por Butler o Chomsky y sus posicionamientos con el Partido Demócrata estadounidense en una caída libre hacia el “mal menor”, que muestra un vacío absoluto de estrategia política anticapitalista y alternativa para enfrentar esta crisis. La propuesta de Internacional Progresista va claramente en esta línea, tratando de rescatar la democracia capitalista desde la centroizquierda; liderada por un Berni Sanders que viene de tirar la toalla como candidato demócrata para las elecciones de EEUU dando su apoyo a la opción conservadora del establishment, John Biden.

Pandemic! se enmarca en estos debates. Slavoj Zizek, filósofo nacido en Eslovenia en 1949 y destacado por sus contribuciones a la teoría y a la crítica cultural, así como por su registro descarnado y provocador. Su obra está influenciada por el marxismo, pero resaltando y desarrollando los elementos hegelianos en la obra de Marx, así como por el psicoanálisis de Jacques Lacan. En este texto considera que esta pandemia global no sería una crisis más del capitalismo, sumada a las crisis humanitarias o ecológicas, sino su golpe mortal: «una señal de que no podemos seguir como hasta ahora, de que se necesita un cambio radical». Su tesis principal es, por lo tanto, que la crisis del coronavirus pone de manifiesto la necesidad de establecer límites al mercado y una nueva coordinación internacional, lo que abre las puertas hacia un “comunismo reinventado”. ¿Pero qué quiere señalar con esta idea? El propio autor lo aclara en varios puntos:

«Se necesita una solidaridad total e incondicional y una respuesta coordinada a nivel mundial, una nueva forma de lo que una vez se llamó comunismo». Más adelante añade: «no estamos hablando aquí de un comunismo a la vieja usanza, por supuesto, sino de algún tipo de organización mundial que pueda controlar y regular la economía, así como limitar la soberanía de los estados-nación cuando sea necesario».

Si alguna persona estaba esperando en Zizek un análisis que contemple la crisis del coronavirus como un factor que va a profundizar la conflictividad social, con escenarios de revuelta social o incluso de revoluciones, sentimos la decepción. Su análisis va por caminos muy distintos, poniendo el eje fundamentalmente en el rol de los gobiernos y Estados capitalistas. La etapa previa a la pandemia, marcada por el auge de la lucha de clases a nivel internacional, como hemos visto en Chile o Francia, ni siquiera está contemplada en el texto más allá de considerarse como una expresión de malestar que no desaparece, sino que perdura.

Para hacernos una idea, la propuesta del “comunismo reinventado” estaría más próxima a la idea de “paz perpetua” kantiana que a la del comunismo, con la gran diferencia de que esta colaboración mundial no estaría apoyada en una suerte de principios éticos universales, sino en la propia necesidad que las contradicciones capitalistas imponen a los gobiernos. Como señala Zizek en el primer capítulo: “ahora mismo estamos en el mismo barco”; como si el virus fuera un agente externo que borrara las diferencias entre clases sociales, así como entre países imperialistas y dependientes, donde la colaboración se impone como una suerte de “egoísta necesidad”.

Estado, control social y militarismo

Uno de los grandes debates durante estas semanas han sido las medidas de confinamiento tomadas por los distintos gobiernos, con un reforzamiento punitivista de los Estados y militarización de las calles. Esto dio pie a Agamben [3] en los primeros días de la pandemia a considerar que se estaba dando un nuevo salto terrorífico en el control biopolítico de la población, incluso sosteniendo que el virus era directamente una estratagema artificiosa para legitimar este salto autoritario. Seguramente es la posición que más críticas ha recibido y más desacreditada ha quedado con el paso de las semanas y el desarrollo dramático de la crisis sanitaria.

Para Zizek en cambio, habría que ver las cosas de otra manera, el problema no estaría en las medidas de control o en el autoritarismo estatal, que de hecho no condena en ningún momento. Ni siquiera el autoritarismo del gobierno chino ya que, como China «ya había practicado ampliamente modos de control social digitalizado, haya demostrado estar mejor equipada para hacer frente a epidemias catastróficas». Se trataría más bien de matizar que las medidas de “control social” y “vigilancia” «no deben reducirse automáticamente al paradigma habitual de vigilancia y control propagado por pensadores como Foucault». Pero de nuevo, no es esto lo que más tiene que preocuparnos de su consideración, sino que los gobiernos «apliquen estas medidas de manera que no funcionen para contener la epidemia, mientras que las autoridades manipulen y oculten los verdaderos datos». Por ello considera clave la transparencia en la información, no sólo para la relación de la ciudadanía con sus Estados, sino para la colaboración entre los propios Estados contra la pandemia.

Así la ecuación de este “comunismo reinventado” pasaría por reforzar la intervención y el control estatal, la coordinación mundial entre los gobiernos y la democratización informativa. Sostiene que «el reto al que se enfrenta Europa es demostrar que lo que hizo China puede hacerse de forma más transparente y democrática». Para este objetivo «se necesitan nuevos Assanges para sacar a la luz sus posibles usos indebidos», así como de las «nuevas formas de solidaridad local y mundial» que están emergiendo, ya que la pandemia también ha constatado «la necesidad de control sobre el propio poder».

Una lógica no muy diferente a la que ha sostenido estos días Butler: «es necesaria una respuesta gubernamental fuerte para garantizar que los recursos médicos estén disponibles para las personas y que se distribuyan equitativamente», pero esto exige «un poder gubernamental responsable». Del mismo modo resalta el papel de la información: «creo que es el momento de la verdad y la ciencia». Ambas lógicas, se tornan tremendamente problemáticas al acentuar el rol de los Estados capitalistas sin problematizar su naturaleza como instrumentos de control no sólo social, sino político.

Es muy diferente que las medidas de confinamiento se implementen a base de un brutal y arbitrario control policial y militar, como nos toca padecer, que apostar por la más amplia autoorganización de los explotados y oprimidos para ejercer su autocontrol y disciplina. De hecho, ante la codicia capitalista de las grandes empresas y multinacionales, empeñadas en mantener la producción en sectores no esenciales, con la complicidad precisamente de los poderes gubernamentales, fueron las propias trabajadoras y trabajadores las que impusieron en muchos casos las medidas de confinamiento ante la falta de garantías sanitarias y laborales.

No se puede legitimar a unos cuerpos represivos que antes de la pandemia reprimían brutalmente la protesta social en Chile, Hong Kong, Francia o Catalunya, que la han seguido reprimiendo durante la misma y que lo seguirán haciendo en las próximas protestas que se den ante la crisis social que se ha abierto. Y esta legitimación es justamente la que realiza Zizek al señalar que «se necesita un Estado fuerte en tiempos de epidemias, ya que las medidas a gran escala deben realizarse con disciplina militar (como la cuarentena)».

Pedir un reforzamiento de la intervención estatal con disciplina militar, conlleva reforzar no un Estado cualquiera, abstracto, sino el Estado capitalista y sus aparatos represivos. Las medidas y los recursos que aplican los gobiernos para enfrentar la pandemia tienen un criterio político que no es otro que el de salvar los intereses del capitalismo todo lo posible, con el menor coste político y económico, tratando de no cuestionar la propiedad privada y con el objetivo de seguir garantizando las relaciones de explotación y los beneficios capitalistas. En este punto, no se trata simplemente de que haya más o menos transparencia informativa, sino sobre qué clase social se van a cargar con los costes de la crisis y con qué objetivo.

Sin embargo, para Zizek, la crisis global de la pandemia golpea los elementos centrales del capitalismo, lo que está obligando a los propios gobiernos capitalistas a tomar medidas “socialistas”: control del mercado, colaboración internacional, etc. —una caracterización que ya ha sido cuestionada por autores como Badiou—. Sobre esta idea difícil de sostener volveremos más adelante, pero por el momento nos interesa señalar dos cosas: en primer lugar, que para Zizek la aplicación de este “comunismo reinventado” depende únicamente de los Estados y gobiernos capitalistas; en segundo lugar, que se va a llevar a cabo prácticamente por pura necesidad.

Este aspecto quizá sea el más “optimista” del análisis de Zizek, la idea de que la pandemia resta credibilidad a cualquier salida en clave de reforzamiento de los Estados-nación y a las propuestas populistas de derecha. Ya que, si la pandemia hace necesario reforzar la intervención estatal y las medidas disciplinarias en el marco nacional, al mismo tiempo exige que los propios Estados colaboren unos con otros para salir adelante. Así señala que «el primer modelo incierto de tal coordinación global es la Organización Mundial de la Salud, de la que no recibimos la habitual algarabía burocrática sino advertencias precisas proclamadas sin pánico. A estas organizaciones se les debería dar más poder ejecutivo».

Nuevamente no salimos del terreno de los gobiernos imperialistas y sus multinacionales, ya que son quienes financian y controlan a la propia OMS: Bill Bates, IKEA o Shell, así como grandes farmacéuticas como Bayer, GSK o Novartis, son algunas de las principales corporaciones que están detrás, así como los propios gobiernos imperialistas. Según la BBC, los principales países contribuyentes al presupuesto del año 2018-2019 fueron EEUU con 553 millones de dólares, Reino Unido con 293 y Alemania con 219 dólares.

Lo cierto es que, lejos de la “colaboración” y de que “todos vamos en el mismo barco”, la situación durante estas semanas ha demostrado ser justo la contraria. En EEUU se ordenó a la empresa 3M que detuviera las exportaciones de sus mascarillas a Canadá y América Latina y priorizara las ventas al Gobierno federal. Mientras tanto, funcionarios alemanes afirmaron que un cargamento de máscaras faciales encargadas a un fabricante estadounidense y destinado a Alemania fue incautado en el aeropuerto de Bangkok y desviado a los EEUU. Solo en marzo, los gobiernos de todo el mundo introdujeron 70 nuevos frenos a las exportaciones. Desde que el virus apareció por primera vez en China a finales del año pasado, se han impuesto más de 80. Cuarenta países prohibieron las exportaciones de algunos medicamentos, ingredientes farmacéuticos o equipo médico, entre ellos India, Turquía, Rusia, el Reino Unido y Arabia Saudí.

Por lo tanto, más bien lo que hemos presenciado por parte de los gobiernos capitalistas han sido situaciones de “sálvese quien pueda” y de “todos contra todos”, como decía nuestra declaración de la Fracción Trotskista:

«Mientras la cooperación se mantiene en el nivel de la generalización de los salvatajes financieros y en torno a los “consejos” de la OMS (cruzada a su vez por las disputas entre EEUU y China), la competencia descarada por los insumos, materiales médicos y eventuales vacunas, es sólo una pequeña muestra de las tendencias al “desorden” mundial que recuerda más a la situación posterior a la Primera Guerra Mundial, que a la posibilidad de crear un “nuevo orden” como luego de la Segunda Guerra, como reclaman los “globalistas”».

Pandemic! fue escrito al principio de la pandemia y muchos de estos escenarios no se habían producido, pero digamos que la predicción no fue muy acertada y, en cualquier caso, las semanas siguientes Zizek ha mantenido esta postura. El propio texto ya reconocía que igual no “estamos en el mismo barco”, pero curiosamente, no para desmentir la idea de que «este virus es democrático, y no distingue entre pobres y ricos», ya que autor mismo la sostiene, sino para señalar en términos geopolíticos que Europa podría salir peor parada de la pandemia. Así plantea que ante la amenaza que suponen Rusia y Turquía es necesario que el imperialismo europeo mantenga su unidad y sus alianzas estratégicas y, más concretamente entre el imperialismo francés y alemán —con anterioridad ya había defendido la creación de un Ejército europeo—.

Está claro que Zizek es consciente de los límites de su propuesta “optimista” con respecto a un desarrollo potencial de la colaboración internacional en los marcos capitalistas, pero desde luego su planteamiento no va en la dirección de cuestionar al imperialismo, más bien al contrario. En este punto cabe plantear si en lugar de un “comunismo reinventado”, lo que está proponiendo es en verdad un “estado de bienestar reinventado”.

Clases y sujetos políticos

En el segundo capítulo, titulado “¿Por qué estamos cansados todo el tiempo?”, el autor discute con Byung-Chul Han [4] que también ha escrito estos días, siendo este el apartado del texto que aporta cierto análisis sociológico. El debate se enmarca en las consecuencias laborales que la transformación del capitalismo ha tenido en su paso hacia los modelos posfordistas.

Han ha sostenido que vivimos en una "sociedad del cansancio", lo que se expresa durante el confinamiento con «la obvia paradoja de que la inactividad forzada en sí misma nos hace estar cansados». Para Han ya no habría propiamente una sociedad de clases, puesto que el obrero fordista, oprimido y explotado, habría sido sustituido por sujetos que se “auto-explotan” y que se conciben como “proyectos” marcados por la autoexigencia. El neoliberalismo habría producido sujetos a su medida que se someten «a limitaciones internas y autocontrol, que toman la forma de logro y optimización compulsivos», y que viven «un remolino de demarcación, autoexplotación y colapso».

Para Zizek, este sujeto posfordista que se “autoexplota” sería una expresión subjetiva más dentro de un capitalismo social «que sigue siendo un sistema de clases con desigualdades crecientes», que se da en un «nuevo modo de trabajo cooperativo creativo que deja mucho más espacio para la creatividad individual», pero que sólo es sólo es una parte del fenómeno limitado sobre todo al Occidente desarrollado, precisamente resultado de «una nueva división del trabajo». Teniendo en cuenta, además, que para que este tipo de trabajo “intelectual” pueda darse, especialmente ahora mediante el “teletrabajo”, es preciso el trabajo manual y de servicios que además están más expuestos por salir del confinamiento.

Así, el filósofo esloveno comparte con Han que el trabajo “intelectual” está sometido a la exigencia constante de creatividad y soluciones originales que conlleva estar «estar cansado y sobrecargado de trabajo», más incluso que el trabajo manual y repetitivo, pero señala que no es un fenómeno exclusivo. Como es el caso del trabajo de servicios, que también tiene un plus de cansancio por su exposición pública y la exigencia de manifestar constante buen humor y dedicación. En cualquier caso, para Zizek, no se trataría de «condenar la estricta autodisciplina y la dedicación al trabajo», sino de enfocarlo más bien al trabajo que da satisfacción al ayudar a la comunidad, frente al que se esfuerza por tener éxito personal en el mercado.

Una cuestión que no aborda el texto es que la pandemia ha puesto en el centro de nuevo la cuestión del trabajo humano y de la clase obrera. Si las trabajadoras y trabajadores deben estar en sus casas confinadas, en pocas semanas la economía capitalista se hunde de forma ineluctable. Con la pandemia, trabajos infravalorados, feminizados y precarizados están recibiendo algo del reconocimiento que realmente merecen: trabajadoras sociales, cuidadoras, enfermeras, limpiadoras, cajeras de supermercado o trabajadoras agrícolas. El “fin de trabajo” del que hablaba Jeremy Rifkin o las teorías de la “sociedad postindustrial” han quedado bastante desacreditadas en un contexto donde la trabajadora de una fábrica de mascarillas se ha vuelto absolutamente esencial.

Las supuestas “sociedades posindustriales” occidentales han visto como los procesos de reconversión y deslocalización industrial para beneficio de las ganancias de las multinacionales, las han dejado en crisis ante la necesidad imperiosa de fabricar respiradores o material sanitario de protección. Los gobiernos imperialistas han estado compitiendo de forma criminal en los mercados internacionales para adquirir esos productos, que en muchos casos son fabricados por la clase obrera de otros países. Ya se alude, de hecho, a la necesidad de una reconversión económica en varios países que podría dar paso a una nueva reindustrialización occidental con criterios “asiáticos” y “fordistas” de explotación.

Pero de esto no nos habla el texto, ni de la “posición estratégica” que ocupa la clase obrera en una economía capitalista que se muestra frágil y a atravesada por contradicciones. Esto no debe sorprendernos, porque Zizek forma parte de ese posmarxismo según el cual la clase obrera ya no ocupa ningún rol especial como sujeto político.

Sin embargo, la clase obrera puede no sólo parar la economía y la producción, sino hacerla funcionar de manera alternativa. Es aquí donde reside su gran potencial político como sujeto colectivo transformador y revolucionario; no es una cuestión “fetichista”, sino estratégica. En cambio, para Zizek, como hemos visto, el sujeto central de su “comunismo reinventado” no sería la clase obrera, ni siquiera habla propiamente de sujetos o movimientos colectivos, tan sólo del papel de los Estados y gobiernos capitalistas.

De hecho, el texto señala que este surgimiento de un sector de trabajo “intelectual” que «como organizadores del proceso de trabajo, se les paga por desempeñar un papel que tradicionalmente pertenecía a los capitalistas. Y así, con todas las preocupaciones y responsabilidades de la dirección mientras permanecen como trabajadores asalariados inseguros de su futuro, obtienen lo peor de ambos mundos». Pero no apunta cómo se puede traducir esto políticamente ¿Es lo mismo la persona que tiene un trabajo precario como investigadora o técnica, que directamente el sector directivo o gestor que siendo o no propietario de capital está más cerca e identificado con los capitalistas? La lógica de Zizek invita más bien a una suerte de reflexión conjunta, porque supuestamente «estamos en el mismo barco», pero que no se traduce más que en conciliación de clases.

¿Un “comunismo” sin estrategia, sin clase y sin partido?

Como hemos ido viendo, la tesis del “comunismo reinventado” supone una deflación tal de la idea misma de comunismo que simplemente debemos tomarnos su propuesta como una provocación que no va más allá de un horizonte reformista. Zizek no está pensando en próximos escenarios de lucha de clases, está pensando en una necesidad utilitarista de los gobiernos capitalistas de tomar decisiones contra la lógica misma del capitalismo, como ya señalábamos. O los gobiernos toman estas decisiones o se cae en la barbarie de la guerra, estos son los escenarios que se baraja el filósofo esloveno.

Comenta hacia el final del texto: «hoy en día a menudo oímos que se necesitan cambios sociales radicales si realmente queremos hacer frente a las consecuencias de las epidemias en curso —yo mismo estoy entre los que difunden este mantra— pero ya se están produciendo cambios radicales». Y añade más adelante: «cuando utilicé la palabra comunismo hace un par de semanas, se burlaron de mí, pero ahora aparece el titular "Trump anuncia una propuesta para apoderarse del sector privado" ¿Se puede imaginar un titular así hace una semana?».

Una de las comparaciones más desafortunadas del filosofó esloveno con respecto a estas medidas es la siguiente: «no es una visión comunista utópica, es un comunismo impuesto por las necesidades de la mera supervivencia. Es, por desgracia, una versión de lo que en la Unión Soviética en 1918 se llamó "comunismo de guerra"». Esto sólo se entiende en la lógica de su análisis que señalábamos, según la cual la crisis abierta hoy supone un antes y un después que altera radicalmente el capitalismo. La comparación no se sostiene por ningún lado, de entrada, porque la URSS (o la Rusia soviética entonces) era un Estado obrero revolucionario que luchaba una guerra civil frente a la contrarrevolución y contra catorce ejércitos imperialistas, en un marco dramático tras una guerra mundial y un colapso económico. El contexto actual es de unos gobiernos capitalistas que tratan de capear el temporal para mantener el statu quo con intervencionismo estatal. Como veíamos, no hay problematización alguna con la naturaleza de los Estados, ni de las medidas que toman, ni de los objetivos.

Para Badiou [5] en polémica con Zizek, las medidas tomadas por los gobiernos capitalistas no son más que el resultado de las contradicciones del capitalismo de un mercado que es global, pero donde los Estados son nacionales. Una contradicción entre política y economía donde los gobiernos tratan de «hacer frente a la situación epidémica respetando al máximo los mecanismos del capital, aunque la naturaleza del riesgo los obliga a modificar el estilo y los actos del poder». Y añade: «sabemos desde hace mucho tiempo que, en caso de guerra entre países, el Estado debe imponer, no solamente a las masas populares sino también a los burgueses, restricciones importantes para salvar al capitalismo local». En situaciones de crisis los gobiernos los gobiernos capitalistas pueden tomar medidas que ponen límites a la propiedad privada y a las ganancias de los capitalistas, lo estamos viendo hoy, pero tiene muchos precedentes históricos como señala Badiou.
El marxismo revolucionario analizó desde muy pronto estas formas de “capitalismo de Estado” fruto de las contradicciones del propio capitalismo, como un embrión de la futura economía socialista planificada. Lenin hablaba en el verano de 1917 de cómo «el capitalismo monopolista de Estado es la más completa preparación material del socialismo». Pero para desarrollar el socialismo a partir de allí, el marxismo revolucionario situó la clave siempre en echar abajo el Estado capitalista y en la toma del poder político por la clase obrera organizada y revolucionaria. Y en este punto, la posición de Zizek está claramente en las antípodas.

De hecho, como hemos apuntado, la falta de problematización de la naturaleza del Estado supone un claro retroceso teórico de Zizek con respecto al análisis marxista. Quizá esto se vea claramente en el caso reciente de Bolivia. En sus intervenciones públicas de los últimos meses, el filósofo esloveno ponía como ejemplo a Álvaro García Linera y al gobierno de Evo Morales, justamente como la combinación de un “Estado fuerte”, pero que no pierde sus conexiones con los “movimientos sociales”. Una concepción en la que los movimientos sociales son una suerte de apéndice externo que apenas juega ningún rol y donde, desde luego, no se concibe el desarrollo de la autoorganización de masas con la perspectiva de ser organismos de poder para la clase obrera en alianza con sectores populares, campesinos e indígenas que impongan medidas socialistas y levanten un Estado obrero.

Todo pasa de nuevo por ser gestores del Estado capitalista, al estilo Linera, con un fuerte intervencionismo estatal. No obstante, sería preciso ver qué considera ahora Zizek al respecto, cuando ante un golpe de la extrema derecha boliviana, el gobierno de Evo y Linera se ha desplomado como un castillo de naipes, con los aparatos represivos del Estado apoyando y aupando el golpe. Aquí varios pilares del “Estado fuerte” capitalista de Zizek se pasaron rápidamente a la otra trinchera, como tantas veces ha ocurrido en la historia, mientras un movimiento popular e indígena que salió a enfrentar el golpe ha sido abandonado a su suerte por Linera, Evo y compañía.

Otra muestra palmaria de la completa desorientación estratégica de Zizek ha sido su apoyo a proyectos o candidaturas como la de Syriza, Podemos, Berni Sanders o Corbyn. Proyectos políticos enfocados a estrategias electoralistas que o han fracasado, o una vez en el gobierno se han adaptado a la lógica de las democracias capitalistas occidentales, como fue el claro caso de Syriza o como ya estamos viendo en el Estado español, con el gobierno de coalición de un Unidas Podemos con cada vez menor peso electoral frente a un fortalecido PSOE.

El intervencionismo estatal para “salvar los muebles” del capitalismo y que nada cambie, como está haciendo el gobierno de coalición Sánchez-Iglesias en el Estado español, nos conduce a un nuevo callejón sin salida histórico. Justamente porque esto lo están haciendo todos los gobiernos, como dice Zizek y como reconocía la Ministra de Trabajo del Partido Comunista de España, Yolanda Díaz en una entrevista: «las medidas tomadas durante esta pandemia, que es cierto que han sido novedosas en nuestro país, no son revolucionarias. Son medidas que mis colegas europeos liberales y de derechas, conservadores, están aplicando también».

La izquierda neorreformista ha realizado continuas rebajas a su programa político ya en origen insuficiente, con el objetivo de ganarse al “centro político” en un escenario electoral. La consecuencia más allá de los resultados electorales, que tampoco han sido buenos, ha sido la renuncia a consignas que durante años han defendido los movimientos sociales y la concesión constante ante el Estado, los poderes económicos y fácticos. Mientras tanto, la extrema derecha ha comenzado a ocupar el espacio político. En este punto es preciso levantar un programa anticapitalista que esté a la altura y ofrezca una alternativa a sectores de “clase media” y de la pequeña burguesía que se van a ver profundamente empobrecidos y que, si no la encuentran por izquierda, la irán a buscar a la extrema derecha.

Sobre este período neorreformista que hemos vivido en los últimos años, Zizek no realiza ningún balance crítico y al mismo tiempo, tampoco guarda demasiadas esperanzas en el auge de las protestas sociales que a nivel mundial se vienen sucediendo en el último ciclo. Sin embargo, ahora contempla con “optimismo” la posibilidad de que los propios gobiernos capitalistas, incluso de conservadores como Boris Johnson o Donald Trump, implementen un intervencionismo estatal fuerte al mercado capitalista global y establezcan una colaboración internacional. Porque para Zizek: «como dice el refrán: en una crisis todos somos socialistas».

La simple intervención estatal de los gobiernos capitalistas no sólo no es “socialista” porque no cuestiona hasta el final la propiedad capitalista, sino porque en ella la clase obrera no juega ningún rol, todo queda en manos de las burocracias políticas e institucionales, con el acuerdo empresarial y la connivencia de la burocracia sindical. La intervención estatal de los sectores privados estratégicos es una necesidad que hay que imponer, pero esa intervención debe ser sin indemnización y estar bajo control de las propias trabajadoras y trabajadores.

Frente a la “barbarie con rostro humano” que conduce a la pelea por los recursos y, a la guerra, por lo tanto, Zizek apuesta por este intervencionismo que llama “comunismo reinventado”, pero que no es más que apelar a un “capitalismo de Estado con rostro humano” y valorar medidas excepcionales que los gobiernos se están viendo obligados a tomar como en otras crisis históricas. Aquí la estrategia política queda reducida tan sólo a tratar de que estos intervencionismos estatales sean lo más democráticos y transparentes posibles, por eso citando a Kant, reivindica el “uso público de la razón” y la máxima: «¡obedece, pero piensa, mantén la libertad de pensamiento!».

Si en algo podemos estar de acuerdo con el filósofo esloveno es en el carácter histórico de la crisis que estamos viviendo y de que no va a haber una vuelta a la normalidad, ya que la “vieja normalidad” se pone en cuestión y las medidas excepcionales de los gobiernos muestran que intervenir la economía privada, nacionalizar o imponer impuestos a las grandes fortunas no son medidas utópicas, sino que incluso ya se están llevando a cabo. Pero cuesta creer que el capitalismo salga herido de muerte y que los propios gobiernos capitalistas hagan su sepultura. Para que podamos enterrar al capitalismo falta un factor subjetivo: un partido revolucionario; y falta la acción revolucionaria de un sujeto político: la clase obrera. Los debates clásicos del marxismo revolucionario en torno a la cuestión de clase, partido y dirección están más vivos que nunca.

Ante la crisis económica y social que se ha abierto a nivel internación por la pandemia, las medidas de los gobiernos capitalistas lo único que se prevé es un escenario de empobrecimiento general para la clase obrera y los sectores populares, en un marco de nuevas tensiones geopolíticas y de guerras comerciales entre unos EEUU en decadencia y un imperialismo chino en ascenso. Al tiempo que se va produciendo una desescalada del confinamiento llena de incertidumbres, se va a producir una escalada de la lucha de clases sobre la que los propios medios conservadores de la burguesía alertan. Los “perdedores de la globalización” van a estar en la “primera línea” de nuevas insurrecciones e incluso de revoluciones.

En este marco no podemos depender de las medidas de los gobiernos capitalistas, como nos propone el filósofo esloveno, sino que es preciso levantar organizaciones revolucionarias a nivel internacional con un programa anticapitalista que permita avanzar de medidas básicas de urgencia hacia medidas con orientación socialista que fortalezcan políticamente a la clase obrera: un programa de transición, en definitiva. Unas organizaciones revolucionarias que cuenten con la fuerza, con la estrategia y el programa para vencer.

El “comunismo reinventado” del que habla Zizek, donde la clase obrera no juega ningún rol, donde no hay partidos ni organizaciones revolucionarias, ni una estrategia socialista para terminar con la explotación capitalista, es la renuncia absoluta a la revolución y al comunismo. Reinventar el comunismo no puede suponer abandonar sus objetivos: conquistar una sociedad sin clases y sin Estado.

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NOTAS AL PIE

[1Muchas de estas aportaciones fueron recopiladas en Sopa de Wuhan disponible en: http://iips.usac.edu.gt/wp-content/uploads/2020/03/Sopa-de-Wuhan-ASPO.pdf1

[2Hemos manejado la edición traducida al castellano por el colectivo So on in spanish y disponible en: https://dialektika.org/2020/04/11/pandemic-covid-19-shakes-the-world-slavoj-zizek/

[3Giorgio Agamben, “La invención de una epidemia”, publicado en Quodlibet.it

[4Byung-Chul Han, “La emergencia viral y el mundo de mañana”, publicado en El País, 22 de marzo, 2020, disponible en Sopa de Wuhan.

[5Alain Badiou “Sobre la situación epidémica” publicado en lavoragine.net y traducido del francés por Luis Martínez Andrade el 21 de marzo de 2020, disponible en Sopa de Wuhan.
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Carlos Muro

@muro_87
Nació en la Zaragoza en 1987. Es estudiante de Historia en la UNIZAR. Escribe en Izquierda Diario y milita en la Corriente Revolucionaria de Trabajadores y Trabajadoras (CRT) del Estado Español.

Jaime Castán

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