Géneros y Sexualidades

TRIBUNA ABIERTA

Socializar en tiempos de nueva normalidad

Se relajan las restricciones, el verano cada vez está más cerca y con él las quedadas con amigos. Con muchos amigos, a ser posible. Por fin podemos poner en práctica las nuevas normalidades que, se supone, esta crisis nos ha enseñado. Después de tanto tiempo sin vernos, quizá estemos oxidados para el complejo mundo de la socialización y tengamos que reaprender a entrar en ella...

Jueves 17 de junio | 12:46

En definitiva, parece un escenario ideal para recordar qué comportamientos deberían haberse quedado en esa norma pre-pandémica y qué otras formas de relacionarse habría que empezar a poner más en práctica.

Quizá el panorama que describa a continuación no sorprenderá a las mujeres, especialmente a las de generaciones más jóvenes:

Una quedada con un grupo de amigos -quizá algunos desconocidos- en la que, a medida que avance la noche, la división entre chicos y chicas se hace cada vez más palpable. Primero, escuchamos algún comentario masculino haciendo referencia a si estaríamos mejor sin maquillaje, o con él, o si lo que llevamos puesto nos hace buen culo, o no, otro que pregunta sobre nuestras preferencias sexuales –un poco sin venir a cuento, la verdad- una broma sobre si Fulanita y Menganita se acabarán liando esa noche, o sobre con cuál de las dos uno de los muchachos preferiría tener sexo –hipotéticamente, claro-, y otra sobre el tamaño de los pechos de una de las amigas presentes a quien, cuando dijo que iba al baño, entre risas alguien respondió “Si quieres te acompaño”. También se ve alguna que otra mirada socarrona cada vez que una de las chicas del grupo dicen algo de lo que se podría obtener una segunda lectura y, de vez en cuando, descubres a uno de los muchachos presentes hacer un acercamiento a la chica más próxima; quizá pruebe a rozarla, siempre de forma accidental e inocente o, a lo mejor, a hacerle cosquillas, a sugerirle que puede sentarse en su regazo, o a cualquier otro intento de contacto generalmente no deseado por ellas.

En realidad, ninguno de estos elementos fue deseado por ninguna de las mujeres esa noche. Al final, lo que prometía ser una reunión divertida, acabó convirtiéndose en un espectáculo en el que cada una de ellas sostuvo, sin haberlo pedido, unas expectativas. Un cartel luminoso que citaba “Espécimen: mujer. Prueba otra vez”. Y, aun así, la mayoría de ellas prefirió no dar importancia a los comentarios o se rió de forma nerviosa o trató de hacer como si no hubiese entendido bien. Mejor relativizar la incomodidad y parecer simpática que ser tachada de paranoica y exagerada. Al fin y al cabo, “era sólo una broma”.

Hace ya algunos siglos que Voltaire, a propósito de la pragmática lingüística dijo aquello de “Cuando una dama dice no, quiere decir “quizá”; cuando dice quizá, quiere decir “sí”; si dice sí, no es una dama”. Hoy, en una época en la que el término “dama” ha quedado un tanto en desuso, la incapacidad de ver a las mujeres como sujetos y no como objetos de deseo, sin embargo, sigue vigente. Lo más preocupante es que esto ocurre en las situaciones más cotidianas y aparentemente seguras, en una simple reunión de amigos. Para agravar la alarma, esto se da de manera habitual entre las personas que, teóricamente, han crecido más cerca del feminismo: los más jóvenes.

Pese a todo, no creo que detrás de estos comportamientos haya, necesariamente, hombres –más bien muchachos- conscientemente machistas. No obstante, sí que veo necesario incidir, una vez más, en todo el camino que aún queda por recorrer en la lucha feminista. Tenemos que volver a interrogarnos sobre cómo se configura la relación entre los hombres y las mujeres, sobre cómo se construye el código para referirnos a ellas y a ellos, sobre cómo hemos interiorizado actitudes que desposeen a las mujeres de autonomía y personalidad y animan a los hombres a estar en un permanente estado de “caza”. Es aquí, en la raíz de lo cotidiano y personal, donde se forjan los roles y las dinámicas misóginas que luego vemos en el ámbito público y político.

Si sumamos a estas tendencias interiorizadas aquellas propias de un sistema cada vez más individualista que convierte a las personas en objetos de consumo, obtenemos un escenario deshumanizado y ciego. Es esta ceguera –a veces inconsciente, a veces semivoluntaria- la que hace que seamos incapaces de leer a quienes nos rodean. En las reuniones de amigos, hace que no veamos cuándo una mujer está incómoda, cuándo quiere irse, cuándo no te está siguiendo el juego y cuándo no está interesada. Una ceguera que provoca que algunos hombres confundan una sonrisa con una apertura de piernas y un “no, gracias” con un “pregúntamelo más tarde, otra vez”.

Es esta ceguera la misma que nos hace a día de hoy hablar de “consentir” en vez de “desear”. Es la que hace que la tolerancia –la risa nerviosa– de las mujeres sea señal suficiente para insistir. Es la que hace que la respuesta a un “me duele” sea un “acabo en seguida”. Resulta problemático que incluso desde el feminismo enarbolemos la bandera del consentimiento, que nos conformemos con un término que esconde sumisión y pasividad. Si aún hoy es necesario repetir el discurso de que “no es no”, ¿cuándo será el momento de hablar de que no todos los “sí” significan “sí”?

Es importante manifestarse, incidir y comprometerse políticamente, pero sirve de poco si mantenemos los ojos cerrados en nuestro día a día, en los contextos más próximos, diarios y amistosos.

Después de este reinicio en nuestra socialización tenemos que reaprender a relacionarnos entre nosotros, a ver a personas donde solíamos ver medios para la autosatisfacción, a ligar -¡claro que sí!- de forma sana, a defender a nuestras amigas, a interceder como amigos, a pararles los pies a nuestros colegas si vemos actitudes tóxicas en ellos. A mostrar disconformidad y enfado si nos están ofendiendo o incomodando aunque “sólo sea una broma”, porque del humor nace la aceptación, la tolerancia y el consentimiento a lo que nunca debió consentirse.






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