Internacional

OPINIÓN

Un cuento chino en Davos

Como en la obra cinematográfica de Borensztein, se va haciendo difícil librarse de la presencia de China en las disputas internacionales.

André Barbieri

@AcierAndy

Sábado 30 de enero | 16:41

Foto: Ferguson/Financial Times

El Foro de Davos pasó casi desapercibido este año. No sorprende que haya perdido algunas miradas tras el asalto al Capitolio y la asunción de Joe Biden al imperio. Pero algunas placas tectónicas empezaron a moverse. Biden no participó del evento y Xi Jiping se benefició de la ausencia.

Como en 2017, cuando el autócrata chino desbancó al imperialista estadounidense Donald Trump en el papel de “defensor del multilateralismo”, cuatro años después Xi diseñó el mismo panorama. Mimó a capitalistas de todo el mundo, dijo que los problemas globales no pueden resolverse en los límites de un solo país (excepto el problema del socialismo, que para mandarines de cepa stalinista, bien lo sabemos, podría florecer en los estrechos límites nacionales) y terminó con un alegato contra las divisiones entre las naciones y el “confrontacionismo ideológico” impuesto por Estados Unidos. Cosechó los frutos que buscaba. En palabras del fundador del Foro, Klaus Schwab, “Cuatro años después del famoso discurso de Xi en Davos, volvió a enfatizar la noción de multilateralismo en un momento crucial de la historia humana”.

Los capitalistas saben que China es un artefacto necesario para la recuperación de la economía mundial. De hecho, el país creció 2,6 % en 2020, y llegó en el cuarto trimestre a tener un 6,5 % de evolución en el PBI, a pesar de la pandemia. Las previsiones de recuperación mundial del FMI se basan en los resultados de China, así como en el entorpecimiento que causa la combinación de la derrota de Trump y el comienzo de la vacunación en Estados Unidos. La nueva tracción en el comercio mundial, jalado por China, resultó en la recuperación de los niveles pre pandemia. Según el Netherlands Bureau for Economic Policy Analysis, el comercio mundial de bienes y la producción industrial regresaron al nivel inicial de 2019, creciendo 2,1 % y 1,1 % respectivamente. Mientras la producción industrial China creció 7 % en tasas anuales, Estados Unidos todavía registra una caída de 5,4 %.

Con una capacidad productiva y tecnológica todavía sustancialmente inferior a la de Estados Unidos -que, aunque en decadencia hegemónica, sigue siendo la principal potencia mundial- China, sin embargo, recuperó en cierta medida su papel de contratendencia relativa a las dificultades económicas globales, agravadas ahora por la pandemia. Que el lector no confunda esas previsiones con una recuperación consolidada, algo lejos del panorama, con las consecuencias no resueltas de la crisis mundial de 2008 y la caída de 4,4 % del PIB global en 2020. El hecho es que no hay pesimismo en los análisis de las agencias mundiales cuando el tema es la economía en 2021.

No por nada Pekín es vista como el Lirio del Valle balzaquiano en el paisaje económico. En un editorial, el sitio Nikkei dijo que la “estructura multilateral debe incluir China y no aislarla”, dando una visión sobre las contradicciones del Gobierno de Japón ante el crecimiento chino. El presidente surcoreano Moon Jae-in, en una rueda de prensa reportada por el South China Morning Post dijo que las relaciones con Washington y con Pekín “son igualmente importantes para nosotros”. Incluso Kurt Campbell, nuevo “zar de Asia” en el Gobierno Biden admitió en Foreign Affairs que será difícil convencer a los aliados tradicionales que elijan entre Washington y Pekin.

Campell conoce la mentalidad de Frankfurt. Y en Davos, quien recogió ese guante fue justamente la canciller alemana Angela Merkel. La representante del imperialismo alemán insistió en que el mundo no puede verse forzado a elegir entre dos grandes bloques. Pero el detalle en las entrelíneas es que Merkel estuvo de acuerdo con el mensaje de multilateralismo de Xi Jinping, siendo dura con Estados Unidos en cuanto a la tributación de las gigantes tecnológicas de Silicon Valley (Amazon, Facebook, Google, Apple). Le dio alas a ese aspecto del cuento chino.

Esa simpatía por Pekín tiene sus causas terrenales. La Unión Europea acaba de firmar un Acuerdo de Inversión con China en el que ésta se dispone a eliminar los límites de participación accionaria o requisitos de joint venture en varios sectores industriales y de servicios, a cambio del libre acceso a los mercados europeos. Otro motivo es la dependencia de la industria alemana, especialmente el sector automotriz, del mercado chino. Aunque la Bundesverband der Deutschen Industrie, la patronal alemana más concentrada, haya clasificado a China como “competidora estratégica”, Alemania tiene más de 5000 empresas en China y una Inversión Extranjera Directa de 80 mil millones de euros. Las cadenas de producción alemanas están muy interligadas con las exportaciones a China, lo que hace de Berlín un fuerte apoyo a la superexplotación del proletariado chino, con el beneplácito del Partido Comunista.

Merkel aun espera mejorar las relaciones con Estados Unidos en la nueva administración de Biden. Pero no será sencillo. Washington se opone no solo a la tributación de sus high-techs, sino también al gasoducto Nord Stream 2, acordado entre Alemania y Rusia, y que debe llevar gas ruso a la Unión Europea, según el Süddeutsche Zeitung. Alemania es también contraria al intento de Estados Unidos de crear un D10 (una especie de “grupo de diez democracias”, en el vocabulario imperialista, que deberían oponerse a la burocracia autocrática de Pekín). Boris Johnson, primer ministro británico, quedó encargado de llevar adelante en el Foro la idea, que ya “hace agua”.

Los roces entre la Unión Europea y China siguen fuertes, y no menos por parte del imperialismo alemán, que no quiere ver sus empresas estratégicas, como KUKA, compradas por Pekín. Pero las incursiones de China al viejo continente son notables y cuentan con especial apoyo de países como Hungría, Polonia, Eslovenia y otra decena de naciones del Este europeo, aliados estrechos del Gobierno chino y beneficiarios de la diplomacia de la vacuna de Xi Jinping.

En el intrascendente escenario de Davos, por lo tanto, hay cosas interesantes. Como en la obra cinematográfica de Borensztein, se va haciendo difícil librarse de la presencia de China en las disputas internacionales. Estados Unidos vió que necesitará trabajar para redirigir aliados hacia su estrategia de contención de China. Alemania quiere actuar como “árbitro sensato” haciendo gestos a Pekín sin olvidar que es la segunda potencia imperialista del mundo y no podrá repetir la postura “indiferente” al avance chino, en el ocaso de la era Merkel. Ambos países esperan que Xi pueda aplastar la lucha de clases en China -así como lo hizo en Hong Kong, con el apoyo de las multinacionales alemanas y estadounidenses- es la gran esperanza del imperialismo mundial -y del propio gobierno chino, que se ve acosado por huelgas obreras contra el desempleo y los atrasos salariales en medio de la pandemia- al mismo tiempo que busca sujetar el ritmo de desarrollo del dragón asiático. Japón y Francia siguen tocando el segundo violín, e Inglaterra y ni siquiera eso.

Abajo de todos, la conclusión inquietante que nadie se atrevió a reconocer: la imposibilidad de que el mundo vuelva a la etapa pre Trump.






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