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La Izquierda Diario
18 de noviembre de 2018 Twitter Faceboock

SEMANARIO IDEAS DE IZQUIERDA
Postales de la Revolución rusa
Ariane Díaz | @arianediaztwt

Fotomonataje: Juan Atacho sobre foto de Lenin y Lunacharski en 1920 sobre bocetos para la decoración del Palacio de Invierno en el primer aniversario de la revolución, de Atlman.

Lenin, Trotsky, Sverdlov… En Semblanzas de revolucionarios, Anatoli Lunacharski, el comisario de Instrucción Pública de la URSS, retrata en caliente, con admiración pero sin complacencia, a varios de los protagonistas y adversarios de la Revolución rusa.

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Para 1919, a dos años de la toma del Palacio de Invierno, Rusia seguía en guerra civil; faltaban aún algunos años para que el primer Estado obrero de la historia se impusiera sobre los ejércitos imperialistas y la contrarrevolución interna. San Petersburgo, la capital de la revolución, era una ciudad devastada, con racionamientos y el ejército blanco presionando por entrar a la ciudad. Eso no evitaba que a la vez funcionaran a pleno las instituciones culturales nacidas con la revolución, preparando conferencias, obras de teatro o festivales, donde el público iba rotando constantemente por la movilización militar [1].

Es en este mismo año que se publicaría el primer tomo de una historia de la revolución (La gran revolución), para la que le pidieron a Anatoli Lunacharski una serie de perfiles de revolucionarios, incluyendo uno propio. Ese es el origen de este libro, aunque la historia de sus ediciones sirve de compendio de la historia de una época.

En 1919, además del texto autobiográfico, el autor incluyó los perfiles de Lenin, Trotsky, Zinóviev y Martov. El proyecto general quedó trunco, pero para 1923 Lunacharski actualizó esos textos, incluyó otros perfiles (los de Plejánov, Sverdlov, Volodarski, Uritski, Kalinin y Biessalko) y eliminó la introducción con la reseña propia, para publicarlo como volumen independiente con el título de Siluetas. Tuvo una reedición en 1924 con pequeños cambios de edición, y después… fue prohibido. Mucho después, en 1965 –es decir, pasados varios años de la muerte del autor y del período de “desestalinización” promovido por Kruschev–, lo republicó la hija del antiguo comisario pero sin los perfiles de Trotsky, Zinóviev ni Martov, además de varios párrafos censurados en los retratos que quedaron. Parece que algunos nombres seguían incomodando.

Para 1967, cuando se cumplían 50 años de la Revolución rusa, Issac Deutscher lo republicó basándose en la edición completa de 1923, con adendas a cada perfil sobre la trayectoria de sus protagonistas, y un prólogo donde el historiador repone algo de la biografía de Lunacharski, aquel que según recuerda el editor, se había definido como “un intelectual entre los bolcheviques y un bolchevique entre los intelectuales” [2] y estaba para entonces injustamente olvidado como uno de los protagonistas destacados de la revolución. Esta es la base también para la edición en castellano recién publicada, que se suma al mayor volumen de materiales y estudios sobre esta figura en la actualidad.

Los dos más fuertes entre los fuertes

Los dos primeros perfiles son los de Lenin y Trotsky, los dos “jefes” [51] de la revolución, los “dos más fuertes entre los fuertes” [77]. Y aunque están presentados de forma independiente, Lunacharski se detiene en las mismas características de ambas personalidades, conformando una implícita comparación entre ambos revolucionarios.

El autor, que no omite dejar asentadas las luchas internas en la socialdemocracia rusa durante los años de exilio previos a 1917, y las ubicaciones propias en ellas, que muchas veces lo dejaron enfrentado a la fracción bolchevique, rememora que la actitud de Lenin frente a sus adversarios, por ejemplo, era dura pero exenta de encarnizamiento, y que aunque finalmente Lenin probó tener razón en estas batallas políticas, confiesa que por entonces dudó de su talla como dirigente revolucionario, disminuida o desgastada por la lucha interna [53]. Durante ese período, considera que Trotsky era el que había mantenido la mira más amplia, comprendiendo mejor lo que era dirigir la lucha revolucionaria a nivel nacional como ningún otro [65].

Sin embargo, señala también, en el transcurso de las marchas y contramarchas que tuvo el proceso revolucionario, Lenin se demostró imprescindible para la revolución tanto por su capacidad estratégica para “asir el momento preciso” y explotar cada oportunidad política en pos de los objetivos revolucionarios [55] [3], como por la importancia dada al trabajo de organización partidaria –tarea en la que Trotsky era más débil–, lo que le permitió a los bolcheviques llegar con la fuerza y la experiencia necesarias para dirigir la revolución. Según agrega el mismo Lunacharski, esto es algo que Trotsky mismo sabía reconocer –y que efectivamente Trotsky reafirma por ejemplo en Historia de la Revolución rusa–.

Con su capacidad de trabajo en equipo, estimulando a los demás, Lenin disfrutaba de una personalidad fascinante, capaz de “enamorar” a todos los que se acercaban a él, mientras que Trotsky, en cambio, estaba “condenado a cierta soledad” [67]. Ninguno de los dos era vanidoso, pero sí eran ambiciosos. Como polemistas, Trotsky podía llegar a cegarse por la pasión en una discusión, mientras que Lenin nunca se dejaba arrastrar por la ira. Sin embargo, destaca Lunacharski, ninguna de estas ventajas de Lenin debería impedir señalar aquellos aspectos en los que Trotsky supera a Lenin, en especial en “el océano de los acontecimientos políticos”, donde “todas sus virtudes pasan a primer plano” [67]:

Lenin está dotado como ningún otro para presidir el Consejo de Comisarios del Pueblo y guiar la revolución mundial con el toque de su genio, pero nunca hubiera podido habérselas con la misión titánica que Trotsky echó sobre sus hombros, con esos desplazamientos, rápidos como el rayo, esas asombrosas alocuciones, esas órdenes dadas en el lugar, resonantes como clarinadas: ese papel que ha consistido en ser el constante galvanizador de un ejército debilitado, hoy en un sitio, mañana en otro. No existe sobre la tierra un solo hombre que pudiera remplazar a Trotsky en ese aspecto [76].

Lenin, Trotsky y Lunacharski retratados por Annenkov.

Por otro lado, abordando sus desarrollos teóricos, Lunacharski considera a Lenin más creativo y audaz que a Trotsky, que le parece, aunque pueda sonar extraño, más “ortodoxo” [74]. Aquí Lunacharski está caracterizando la audacia de Lenin que le permitiera trazar líneas políticas que, en muchos casos, se probaron acertadas posteriormente, pero no parece reconocer las innovaciones teóricas de Trotsky –como la idea del desarrollo desigual y combinado, o la teoría de la revolución permanente, a la que menciona reconstruida de manera poco precisa [100]– que serían el sustento de muchas de las peleas políticas y aciertos que en la práctica sí le reconoce y que, de hecho, lo llevaron a confluir con Lenin en abril de 1917.

Lunacharski parece en cambio seguir sosteniendo la concepción que en principio había esbozado Lenin sobre la revolución rusa, la de “dictadura democrática de obreros y campesinos”, aunque también es cierto que si bien estaban ya desarrolladas para 1923, las elaboraciones de Trotsky tal como las conocemos hoy fueron ampliadas y sistematizadas posteriormente, justamente cuando iban a empezar a ser señaladas como la prueba de las diferencias estratégicas con el “leninismo” en la reescritura de la historia del partido y de la revolución que llevó a cabo el stalinismo –en 1925 fue cuando se planteó abiertamente, por ejemplo, la línea de “socialismo en un solo país” versus “revolución permanente”–.

Hay un elemento que destaca en ambos dirigentes. Brillantes oradores ambos, Lenin era menos “atildado” como tribuno pero claro como pocos, capaz de dejar marcadas a fuego sus ideas, incluso las más complejas [46]. Trotsky, con una enorme variedad de metáforas, es caracterizado como el mejor orador de su tiempo, entre los revolucionarios pero también entre los más reconocidos oradores y parlamentarios burgueses; para Lunacharski, solo podía ser comparado con Jean Jaurés [71].

Virtudes similares tienen como escritores: Lenin puede ponerse a escribir en cualquier momento, y lo hace rapidísimo y bien. Trotsky, literario en su oratoria y un orador en su literatura, era un descollante publicista [73] [4].

Talentos revolucionarios

La importancia que da Lunacharski a las capacidades oratorias y literarias de los dirigentes revolucionarios no termina con Lenin y Trotsky; de hecho, en la mayoría de los perfiles se detendrá en estos talentos, conformando una especie de ranking en el que, señala Deutscher en la introducción, él mismo merecería haber entrado como destacado orador [14].

Zinóviev, “maestro de la palabra”, era capaz de cautivar a auditorios de miles, incluso hablando en otras lenguas, como le requería su tarea de presidente de la III Internacional [83]. Los discursos de Volodarski –responsable de algunas de las publicaciones bolcheviques y asesinado en 1918 por un SR de derecha–, aunque no descollaban por su originalidad, “eran como una máquina” –por lo que habrían deleitado a los constructivistas, acota–. Escuchándolo se podía comprender cómo el agitador puede “modelar la arcilla humana hasta que toma forma bajo sus manos y se convierte en el arma esencial de la revolución” [120]. En contraposición, Martov era un conferenciante “aburridor”, pero que volvía “a la vida durante un recapitulación […] si en la armadura de su contrario hay la menor falla, puede estar seguro de que precisamente por allí lo atravesará la infalible espada de Martov”. Su escritura, además, era “extraordinariamente noble” [138-40].

Hay otro rasgo en la personalidad que define a los revolucionarios, que Martov no tenía, Lenin y Trotsky acumulaban en abundancia, pero ninguno tan potentemente como Sverdlov, el principal organizador del partido, “el eje a cuyo alrededor todo giraba, como un cable que todo transmitía” [114]: el autocontrol, la calma cuando todo estaba sometido a una tensión insoportable. También en este reconocimiento hay quizá implícito un rasgo propio, pero en este caso como déficit: Lunacharski no contaba entre sus talentos revolucionarios, según los reproches de sus camaradas, ni el autocontrol ni las capacidades de organización que en Sverdlov florecían naturalmente y con los que también contaba Uritski, quien jugó un papel central en el decisivo Comité Militar Revolucionario que organizó la insurrección, y asesinado también por un SR en 1918. Mientras los demás caían exhaustos durante esos días y noches, Uritski no dormía pero permanecía “calmo y sonriente” [132].

Pero los talentos no garantizan posiciones políticas. Algo que puede sonar evidente, pero que dejaría de serlo poco tiempo después cuando de la mano de Stalin, los dirigentes se volvieran infalibles y la pertenencia a la fracción bolchevique se convertiría en una “marca” que se endilgaría a unos y negaría a otros para deslegitimarlos. Lunacharski mismo fue bolchevique en el exilio, se alejó de ellos después, y reingresó al partido bolchevique en 1917 como parte de la Mezhraionka, el agrupamiento “interdistrital” dirigido por Trotsky. Volodarski y Uritski también fueron parte de ese grupo. La elección de los retratados es una muestra de los fraccionamientos y confluencias del partido que dirigió la revolución, cuya historia lejos estuvo de ser el monolito que pretendieron posteriormente los historiadores oficiales.

Pero también hay en la colección dos de socialdemócratas que para ese entonces estaban decididamente enemistados con la revolución. Uno es el del mencionado Martov, internacionalista que terminó alineado con los mencheviques. Viejo amigo y compañero de Lenin, aunque políticamente terminarían en márgenes opuestos del torrente revolucionario, Lunacharski destaca sin embargo su honestidad, aunque su temperamento y miras estrechas lo convirtieran en un “político de sillón”: “su estilo inherentemente miniaturista, que lo lleva a analizar aisladamente los hechos y lo incapacita para aceptar esas líneas rigurosas y rotundas que la pasión revolucionaria traza de un tajo a través de hermosos conceptos geométricos”, lo hacía “inepto para actuar en el tumulto revolucionario” [141/2]. Algo similar dirá años después Trotsky comparando a Martov, hábil para las maniobras parlamentarias y la política en tiempos de relativa calma, con Lenin, cuyo pensamiento mostraba todo su poder cuando las masas entraban en escena, en “períodos de profundos cataclismos, guerras y revoluciones” [5].

El otro es Plejánov, el fundador del marxismo ruso, al que rememora no en el presente de su escritura, en el que estaba enfrentado a la revolución, sino cuando lo conociera en el exilio y Lunacharski aprovechara de su erudición, gusto por el debate y un interés común por el arte, aunque ya su marxismo le resultara entonces “acartonado” y etapista.

Finalmente, Lunacharski elige incorporar en 1923 los perfiles de dos dirigentes del Proletkult, Kalinin (de origen obrero) y Biessalko (de familia campesina). El terreno en que se destacaban era aquel en que Lunacharski no solo se desempañaba sino en el que había estado siempre interesado. La fecha no es casual tampoco: es durante estos años que estaba en plena discusión en el partido la política que debía tener el Estado obrero hacia el arte y la cultura, y en particular, la definición y promoción de una “cultura proletaria”, de la que Lunacharski, con Bogdanov, había sido promotor.

Lo interesante de ambos perfiles en este sentido es que allí se destacan elementos que darían cuenta de la singular posición de Lunacharski en estos debates. Si los reivindica por su apoyo a las ideas sobre el carácter colectivista y colaborativo del trabajo, que supuestamente se trasladarían y caracterizarían a la producción cultural nacida con la revolución –idea que Bogdanov había formulado–, por otro lado resalta que para ellos eso no debería querer decir didactismo ni una conceptualización del arte y la cultura como meros reflejos de la base material: el arte está enraizado en la subjetividad, se preocupa por lo inconsciente e incluso dará más peso al individuo en su desarrollo –todas ideas que lo acercarían más a las definiciones que hiciera Trotsky en Literatura y revolución para discutir la posibilidad y oportunidad de una cultura proletaria, debates en los que Lunacharski se ubicó enfrentado, sin embargo, a Trotsky– [6].

Lesa majestad

Deutscher destaca el crimen de “lesa majestad” de estos perfiles, que no incluyen a Stalin –que apenas aparece mencionado una vez–, y que despliegan una visión alejada de las mistificaciones posteriores de la historia del partido bolchevique y de sus dirigentes.

La omisión podía resultar natural en tiempos de su primera redacción, pero ya no en la década del veinte, en la que Stalin comenzó a operar para consolidar su camarilla burocrática en el partido y el Estado. Para cuando fue reformulado en 1923/1924, esas peleas estaban aún en ciernes, pero lo que muestran es que la figura de Stalin estaba lejos de tener el protagonismo que después los epígonos le atribuirían. Lunacharski se maneja naturalmente con una historia de la revolución que no encaja con las distorsiones stalinistas, por ejemplo cuando resalta el papel del Comité Militar Revolucionario dirigido por Trotsky, cuando menciona las concepciones de la revolución rusa que se debatieron durante todo el 1917, o cuando en sus retratados señala tanto virtudes como debilidades.

Aunque siguió en su cargo de comisario hasta 1929 y como funcionario del gobierno hasta su muerte –en tareas que lo mantenían alejado alejado de la URSS–, la burocratización del Estado obrero lo dejó en un lugar ciertamente incómodo, aunque subordinado a la nueva burocracia, a la que en ocasiones incluso defendió [7].

En ese lugar contradictorio lo recuerda Trotsky en 1934 al enterarse de su muerte. No evita las críticas por su impresionismo político, que sin embargo siempre sabía volver a la revolución y al socialismo, pero evoca su carácter bondadoso y entusiasta, y un brillo intelectual que le permitió a la revolución ganarse el respeto y el apoyo de un sector que desde el principio la había sido hostil –los círculos universitarios, científicos y artísticos previos a la revolución–: “Lunacharsky conocía demasiado bien el pasado de la revolución y del partido, perseguía intereses muy distintos, era en última instancia, demasiado culto como para no estar fuera de lugar entre los burócratas” [8].

 
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