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La Izquierda Diario
13 de octubre de 2019 Twitter Faceboock

REVISTA IDEAS DE IZQUIERDA
Apuntes sobre el “trabajo invisible” y el socialismo
Lucia Battista Lo Bianco | Consejera Directiva Mayoría Estudiantil | Filosofia y Letras/UBA

Ilustración: Greta Molas

A propósito del libro Desde la Cuba revolucionaria: feminismo y marxismo en la obra de Isabel Larguía y John Dumoulin, de Mabel Belucci y Emmanuel Theumer publicado por CLACSO en 2018, que vuelve sobre un debate caro a ambas corrientes: el trabajo doméstico, el sistema capitalista y el socialismo como fin.

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En su libro Belucci y Theumer rescatan a estos autores que desde la Cuba posrevolucionaria elaboraron el concepto de “trabajo invisible” para referirse al trabajo de reproducción social (no remunerado ni reconocido como tal por el capital), realizado por las mujeres de la clase obrera en sus hogares.

El manuscrito llamado “Contra el trabajo invisible” circuló en 1969 y fue editado posteriormente por Casa de las Américas con el título “Hacia una ciencia de la liberación de la mujer”. A partir de este dato, la tesis de Belucci y Theumer sostiene que estos autores (dos intelectuales migrantes que adhirieron al proyecto cubano pocos años después de la Revolución) fueron los pioneros en problematizar, desde el marxismo, la relación entre el trabajo doméstico y el capitalismo, y que su intervención en ese debate de la segunda ola feminista habría quedado relegada precisamente por haber surgido de la “periferia”.

Sin embargo, lo más interesante para rescatar de su lúcida y temprana intervención no tiene que ver con definir sobre si fueron o no exactamente los primeros en abordar el tema ya que, incluso, los propios Theumer y Belucci reconocen que se trataba de un debate de época [1]. Sino que la importancia actual de la intervención de Larguía y Dumoulin radica en aquello que motivó su trabajo (y que a la vez explica su emergencia desde la “periferia” respecto de los debates de la segunda ola que emergieron centralmente desde Estados Unidos y Europa). El motor de la investigación de Larguía y Dumoulin fue la contradicción patente que emergía en la Cuba posrevolucionaria: un Estado que prometía ser la transición al socialismo pero donde la emancipación de las mujeres encontraba límites.

Los setentas

Diez años después de la Revolución se había avanzado en materia de derechos formales, desde el punto de vista de igualar a las mujeres con los varones ante la ley e incorporarlas masivamente al trabajo productivo. Pero aunque el propio Fidel Castro planteaba que hacía falta una “revolución dentro de la revolución” [2] para liberar a las mujeres, esta no hacía más que posponerse. En 1960 se creó la Federación de Mujeres Cubanas (FMC) “con el objetivo de alcanzar una unidad en las mujeres que garantizase su participación en la construcción de la nueva sociedad” [3], dirigida por Vilma Espín hasta su muerte y bajo la tutela del Partido Comunista Cubano. A medida que avanzaba el feminismo originario de Estados Unidos en Latinoamérica, la organización fue tomando posiciones cada vez más sectarias y reaccionarias sosteniendo la premisa de la “contradicción principal” propia de los PC de la época [4] e interpretando al feminismo del período como “neocolonialismo imperialista” [5].

En un contexto de polémica entre los intelectuales desde dentro y fuera de la revolución, Larguía y Dumoulin (que eran mal vistos por la FMC) perspicazmente intervinieron en este debate: por un lado, criticando al feminismo radical, al que le dedican el último apartado de su ensayo. Pero además, y sobre todo, hacen un planteo dirigido a la propia revolución:

Mientras la fuerza de trabajo siga produciéndose en millones de tallercitos domésticos, no podrá erradicarse de la conciencia social la influencia de la propiedad privada, y necesariamente resultarán incompletos los esfuerzos por construir una sociedad sin clases y un hombre nuevo [6].

Entre el socialismo y el concesionismo burocrático

El planteo que sostienen Larguía y Dumoulin se encuentra en línea con el de Engels y Lenin: para terminar con la opresión de las mujeres hay que socializar las tareas de reproducción de la fuerza de trabajo. Así explican que:

El capitalismo desarrolla en el sector social del proceso productivo la gran industria, en la cual el trabajo humano adquiere una productividad muchas veces mayor que en el trabajo privado artesanal [...] Pero la reposición de fuerza de trabajo continúa con la forma de organización artesanal-doméstica [...] la productividad del trabajo doméstico no puede superar su nivel tradicional: las horas de labor doméstica no disminuyen apreciablemente y el producto no pasa de satisfacer las necesidades de una sola familia [7].

Esta afirmación es cierta y Larguía y Dumoulin son cabalmente conscientes de las dificultades de socializar las tareas de reproducción social en un país económicamente dependiente y con insuficiente desarrollo de las fuerzas productivas. La confirmación histórica de esta tesis había sido dada medio siglo antes por la revolución bolchevique que mostró a la vez las posibilidades y los límites: comenzó un proceso de socialización abortado luego por el estalinismo que tuvo como uno de sus fundamentos objetivos el escaso desarrollo productivo.

Así, Larguía y Dumoulin, en lugar de desarrollar una lucha consecuente para que su programa de socialización se materialice y Cuba emprenda el camino bolchevique, plantean más adelante en el mismo ensayo, una solución “intermedia” y posibilista:

Existe también una tendencia muy importante a establecer una nueva moral según la cual los hombres y las mujeres comparten en plano de igualdad las tareas domésticas que la producción social no puede aún absorber [...] En Cuba, el nuevo proyecto de código familiar [1975] establece la obligación de ambos cónyuges a compartirlas [8].

El planteo de los autores es por un lado cabalmente cierto, puesto que con escaso desarrollo de las fuerzas productivas es inimaginable sostener a largo plazo la socialización de las tareas domésticas y esto fue así en Cuba porque el castrismo abortó la extensión internacional de la revolución por su subordinación a la URSS. Sin embargo, es menester reconocer el aspecto progresivo de las reformas que introdujo el castrismo para salvaguardar esta contradicción. Incluso, comparándolo, hoy en día no existe ningún país que establezca por ley la obligatoriedad de compartir entre varones y mujeres las tareas domésticas [9]. Así, también durante los primeros años de la Revolución se avanzó, por ejemplo, en el otorgamiento masivo del derecho elemental a la alfabetización de las mujeres [10] y en sacar de la prostitución a más de cien mil mujeres campesinas [11]. Pero precisamente aquí es donde radica la paradoja de la propuesta de Larguía y Dumoulin, ya que el carácter progresivo de estas medidas tomadas por el castrismo que son un avance innegable, no puede sustituir la lucha de fondo por la socialización del trabajo doméstico. En este sentido su posición es ambigua, ya que en su ensayo despliegan el programa de la socialización y abundan en fundamentos para ello, pero terminan aceptando las reformas castristas como sustitutos de ese programa. Por otra parte, enarbolan un argumento que, contradictoriamente con los autores, peca de idealismo, puesto que esa “nueva moral” que pregonan no poseía condiciones materiales apropiadas para emerger.

Socializar y emancipar

Así, el investigador vasco Joseba Macías estudioso y simpatizante del proceso cubano, llama a esta contradicción “el contraste entre la retórica y la realidad”. La incorporación al trabajo productivo de las mujeres fue esencialmente en sectores de “tareas livianas” (asociadas a la reproducción social como la educación, la salud, etc.) precisamente porque luego de su jornada laboral las esperaban las tareas domésticas que “duplicaban o triplicaban su trabajo” [12]. Lo cual no eliminaba, sino que reproducía los roles tradicionales de género y sus consecuentes estereotipos. De hecho, se reforzó desde el Estado la idea de mujer-madre y una idea de masculinidad en la cual el ideal del “revolucionario” estaba asociado a atributos generalmente asignados al género masculino como son la audacia, la fuerza, la responsabilidad y el coraje [13]. La contraparte de esto es que la homosexualidad en Cuba fue criminalizada hasta la última década del siglo XX.

Así, aunque se aplicaron políticas que propiciaron la autonomía, la equidad y el derecho al placer y la educación sexual, a la vez que se restringió la influencia de la Iglesia católica y se habilitó la interrupción del embarazo [14], el problema irresuelto del trabajo doméstico le imponía límites materiales a la emancipación de las mujeres. Según Macías: “A pesar de la legislación que establece que el trabajo doméstico debe ser compartido entre los cónyuges, también el discurso estatal presupone que este cae principal, sino exclusivamente, sobre las mujeres” [15], profundizando el papel primordial que se le confiere a la familia tradicional en la sociedad.

Asimismo, cabe destacar por un lado que, como plantea Macías respecto al avance en materia de derechos femeninos: “la Constitución enfatiza las garantías provistas por el Estado, no los derechos individuales, una característica que revela el paternalismo inherente a las instituciones de la Revolución” [16]. Y por otro lado, que durante los años 90 en el marco del llamado “Período Especial” donde la isla entra en crisis producto del derrumbe de la URSS, la situación de las mujeres fue la primera en verse particularmente afectada reforzando los lazos de opresión en el hogar por tener que sostener el empobrecimiento de las familias trabajadoras [17]. Además, el Estado lanza una política de criminalización de la prostitución que reaparece y la FMC en su conjunto pierde miembros e influencia [18].

Así, en este mismo sentido que hemos criticado, Belucci y Theumer rescatan una autocrítica de la propia Larguía que en 1994 revisa lo sucedido en Cuba:

Las limitaciones de los países socialistas, sus crisis, son en parte explicables porque la supresión de la propiedad privada no acarreó una “real democratización del poder” (sic). Esto se hacía patente al considerar la situación de las mujeres: “la esfera privada y las jerarquías de género quedaron intactas. Esas jerarquías primarias [...] sentaron las bases psicológicas para la reproducción del poder burocrático. Un tutelaje paternalista de facto fue entonces creado” [19].

Rescatar el planteo de Larguía y Dumoulin como se proponen Belucci y Theumer, es un trabajo que posee total actualidad, así como también señalar los límites y potencialidades de la experiencia cubana y de su propio desarrollo teórico y apuesta política. Más aún para quienes nos enrolamos en la difícil tarea de retomar críticamente esos legados en la perspectiva de la revolución social para la emancipación de las mujeres, donde este tipo de debates teóricos y políticos brindados por la experiencia histórica permiten extraer valiosas conclusiones para encarar el porvenir.

 
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